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Sábado, 13 de mayo de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
carta semanal del arzobispo
La familia que ampara
Transcurrido el primer lustro del siglo XXI, la fiesta de Nuestra Señora de los Desamparados que los valencianos difundimos por todos los rincones del mundo, es una celebración que nos invita a reflexionar sobre su significado.

Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo se sienten profundamente desamparados. La sociedad del bienestar ha contribuido a mejorar la vida de numerosas personas. Sin embargo, es también cierto que los grandes avances en medicina, en asistencia social o en educación, se muestran incapaces de acabar con la enfermedad, la pobreza, la soledad o con la violencia y los actos inciviles que proliferan.

Las altas cotas de seguridad que proporciona el Estado con la Seguridad Social o la educación universalizada, gracias a las contribuciones solidarias de todos los españoles, suponen un gran bien social del que debemos ser conscientes y valorar adecuadamente. Sin embargo, en la sociedad del bienestar aparecen claros signos de una sociedad desprovista de amor, que enaltece el egoísmo y la acumulación individual.

Un mal grave de nuestra sociedad es el relativismo. Si todo es relativo, si no existe bien ni mal, el mismo ser humano también acaba siendo víctima de dicho relativismo. Unido al relativismo se encuentra el economicismo o imperio de lo económico por encima de lo humano. Cada persona vale según lo que tiene. Las primeras víctimas de estas corrientes sociales son los niños, los concebidos y no nacidos, los ancianos, los enfermos…

El relativismo resulta una formula maravillosa para los políticos o líderes de opinión que, para aferrarse al poder, están dispuestos a relativizar todos sus actos en busca siempre del agrado de la “mayoría más uno” que les permitirá seguir gobernando.

El relativismo lo presenciamos también en quienes falsifican el amor por la simple conveniencia personal. Desde esta perspectiva el matrimonio pierde su sentido y se convierte en una especie de contrato de sociedad sin consistencia, sin garantías y vacío de compromiso. Vence el puro interés egoísta.

Ni la Iglesia ni el Estado tienen el poder de crear la familia. El matrimonio y la familia son una realidad natural, soberana, que ha de ser respetada por los ordenamientos jurídicos. Hemos de superar la mentalidad individualista y antifamiliar de nuestros gobernantes.

La Iglesia proclama que el matrimonio no es un contrato entre dos personas. Es mucho más. Es una institución natural que otorga solidez a la sociedad. Es un sacramento querido por Dios. La permanencia, la estabilidad del matrimonio es una manifestación de dicho amor verdadero que supera el egoísmo, las conveniencias personales del momento y los pequeños o grandes problemas que surgen en cualquier relación.

En una familia presidida por el amor, los cónyuges, padres, los hijos, los hermanos son queridos en función de quien son, no en función de lo que ganan, de las riquezas que poseen, o de las dificultades que tienen para obtener ingresos económicos.

Resulta insultante y una grave afrenta que se diga que un discapacitado mental o una persona que se encuentra postrada físicamente no es digna de vivir. La Iglesia proclama que la vida humana es digna en todos los momentos y en todas las fases por las que atraviesa. La Iglesia dice a todos los disminuidos que no hagan caso de las voces y coros del mal que, de forma indirecta o bajo expresiones artísticas del cine, hacen apología de la muerte. La Iglesia os dice a vosotros y a vuestras familias que vale la pena vivir.

La vida no es indigna nunca. Quienes cometen actos indignos son los que hacen apología de la muerte ante personas que además del sufrimiento personal, deben acarrear esa marea de opinión de la cultura de la muerte.

Hoy nos unimos ante la Imagen de Nuestra Señora de los Desamparados para que nos ampare frente a quienes hacen apología de la eutanasia y del aborto. Que nos ampare de quienes están empeñados en maltratar el matrimonio y la familia. Que nos ampare a todos y muy especialmente a los niños y a las familias necesitadas. El Encuentro Mundial con el Papa será, sin duda, un momento de gracia para iluminar a todo hombre y mujer en la cultura de la Vida que nace, crece y se desarrolla en cada familia humana.

Con mi bendición y afecto.



 

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