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Sábado, 13 de mayo de 2006
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C. VALENCIANA
la torrà
De Pujalte a Le Pen
Un señor lo es hasta cuando se enfada. Y lo mismo puede decirse de una señora.

La condición de “señor” y “señora”, entendidos como personajes exquisitos, elegantes y educados, parece haber pasado a un museo de reliquias y su reivindicación, a una soflama antigua y caduca. Quizás sea cierto y me estoy apolillando, pero entre un “señor” y uno que no lo es, me quedo con la antigualla. Pasión por la arqueología.

El Parlamento constituye, en el imaginario colectivo, el lugar de reunión de los padres y madres de la Patria con el fin de canalizar los deseos ciudadanos. Allí no hay más arma que la palabra, pues la mejor aportación de la democracia es el cambio en la forma de resolver las discrepancias: la espada dejó paso a la palabra y la fuerza, a la convicción.

Ciertamente ese horizonte mítico e idílico de la sublime potencia de la Retórica es muy matizable hoy con las disciplinas de partido, los enroques compactos en posiciones al margen del diálogo previo y el espectáculo mediático que obliga a sus señorías a representar un papel ante las cámaras, pero en cualquier caso las formas empleadas en el Parlamento deberían ser las de un “señor” o las de una “señora”. Para tertulias barriobajeras, ya están las del bar de la esquina o las de algunos programas televisivos.

El problema, en el bochornoso espectáculo de estos días, no es solo de formas sino de fondo. La crispación parece haberse instalado en una oposición que no es consciente de que, con nervios e histeria, no volverá a gobernar en décadas. La razón es que con ese tono agrio no se convence si la situación social no está crispada. Y, si lo está, lo que debe preocupar es algo más grave que el tono empleado en el hemiciclo.

La oposición –sea socialista, en Les Corts Valencianes o popular, en el Congreso de los Diputados– debiera revisar los ítems que aparecen en los Barómetros del CIS mes tras mes y comprobar que a los españoles les preocupa la vivienda o el paro, no los rifirrafes entre políticos o los repartos de poder con los Estatutos. El día que un partido asuma eso, se llevará de calle a los electores. El peligro es que su líder se llame Le Pen o Pym Fortuyn y que lleve a Hitler en el corazón...



 

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