Hubo un tiempo en que los guisados de carne ofrecidos en comedores escolares, hospitales o residencias eran todo patata, mucho caldo insulso y unos hilillos de ternera. Entonces, la forma de llenar el plato era con el célebre tubérculo ya que el coste de la proteína animal era demasiado elevado .
Con la desorbitada subida de precios de los productos de la huerta, las ensaladas valencianas se están convirtiendo en artículos de lujo que nada tienen que envidiar a mariscos o carnes exóticas. De seguir la tendencia, las marisquerías se transformarán en las tascas de la esquina y, en cambio, las bocaterías serán espacios para snobs que no miran el bolsillo cuando se trata de degustar una lechuga, dos tomates cherry y un entrepán, con dos piezas de fruta para terminar de forma exquisita.
Los consumidores valencianos ya han mostrado su preocupación por lo que puede suponer un cambio de hábitos alimentarios. Ahora, seguir una dieta sana de fruta y verdura es una sangría cotidiana que anima a regresar a la hamburguesa. El problema es la sustitución de las socorridas patatas fritas por una bandeja de cigalas que, al cambio, resultan más económicas. Y no digamos la decisión entre el tomate valenciano o el ketchup de Arkansas… buena prueba de lo inaccesible que se ha puesto la dieta mediterránea.
El riesgo no es solo la posibilidad de que la alimentación de los menos favorecidos siga siendo insana sino también la situación en la que quedan los mercados valencianos, tan emblemáticos e importantes en nuestro entorno. Pasear por el de Ruzafa o el de Mosén Sorell empieza a semejarse a darse una vuelta por la Quinta Avenida o por Via Condotti para mirar escaparates que contienen esos oscuros objetos del deseo inalcanzables para los mortales. Así, si Audrey Hepburn rodara hoy algo semejante a Desayuno con diamantes no lo haría en Tiffany’s sino en las paradas de Loli y Carmencita soñando con unas verduritas a la plancha…