Aunque llego tarde, me alegra saber que la Conselleria ha decidido ampliar las ayudas por “vivienda joven” hasta los 35 años.
Pocas cosas son tan reveladoras del paso del tiempo como el cambio de la franja de edad en los sondeos y encuestas de opinión. Mucho más que la caída del cabello, las disfunciones sexuales o los dolores en las articulaciones. Son los sondeos los que nos indican que vamos cumpliendo años. Y, en especial, la franja de 25-35 años. Antes de ésa, está la de 18-25 que suele asociarse a cierta inmadurez, no en vano, los 18 representan la mayoría de edad recién alcanzada. La de 35-45, en cambio, se sitúa en el punto opuesto ya que entra en la década cuarentona, lo que significa “se acabó la juventud”. Por tanto, la franja predilecta es la de 25-35 pues viene marcada por un “usted ya no es un adolescente” (25) y un “usted aún no es un maduro” (35). O sea, está en la flor de la vida.
Los 35 son un punto de inflexión en al ámbito de la Administración y de la vida social. Suelen ser el límite para ofertas de viajes, ventajas en cuentas bancarias, medidas de inserción laboral o ayudas al estudio, el primer empleo o la vivienda. En este último punto es donde la Conselleria ha ampliado las posibilidades de más personas, las de 35, una medida nada despreciable en un entorno que cada vez retrasa más el pleno desarrollo del individuo sea en el acceso a un puesto de trabajo o a una vivienda digna.
La queja suele venir del mundo adulto que considera infantiles a las generaciones siguientes pues continúan estudiando cuando sus antecesores ya trabajaban o se quedan en su casa a la edad en que éstos ya llevaban lustros viviendo independientemente.
Sin embargo, no es solo responsabilidad de los más jóvenes sino de su entorno. Un entorno que retrasa artificialmente cualquier paso a la edad adulta porque no tiene recursos o posibilidades de ofrecérsela a más gente. Eso ocurre, por ejemplo, con el acceso al trabajo. De hecho, con la medida tomada por la Conselleria, se pone de manifiesto que una persona de 36 años no tiene asegurado el acceso a una vivienda quizás porque no tiene un trabajo estable y bien remunerado que le permita tener una hipoteca lastrando su economía de por vida.