Durante un tiempo, lucir un adhesivo en el culo del coche o una chapa sobre la solapa de la chaqueta de pana con la leyenda de “¿Nuclear? No gracias” bajo un fondo amarillo, representó el apogeo de una progresía bañada por ese espíritu entre verbenero y santurrón. Exhibir condecoración antinuclear equivalía a pertenecer al grupo de los elegidos para la gloria de los ecologistas de salón.
Quizá por todo ello, o sea por llevar la contraria y provocar una ruptura frente al pensamiento único y
modelno
, un grupo con pretensiones de sonido industrial llamado El aviador Dro y sus obreros especializados lanzó un tema cuyo pegadizo estribillo decía: “Nucleares sí, cómo no”. El Gobierno de la época no hizo ni caso porque, tradicionalmente, los Gobiernos de este país sienten pavor ante decisiones que sean políticamente incorrectas. El PP gobernó 8 años bajo el miedo de que le acusasen de
facha
, y así ni endureció ciertas leyes ni se atrevió con otras reformas. Y el PSOE, bueno, pues ya sabemos. Ahora que cierran Zorita por vieja y que el barril de crudo alcanza precios de caviar jurásico, se reabre el debate sobre las centrales nucleares. Me huele que hemos llegado tarde. En Francia, De Gaulle realizó una impresionante siembra de nucleares para lograr el autoabastecimiento; en cambio, Alemania tiene un plan para prescindir de ellas. ¿Dónde estamos nosotros? Pues como siempre, sin estrategia y en tierra de nadie, entre los rescoldos de unos adhesivos, de unos mensajes apocalípticos y del eterno toque pusilánime de nuestros gobernantes.