Cada grupo político mitifica una etapa histórica u otra: la derecha mitificó el Imperio español y la izquierda lo hace con la República. La razón por la que se puede defender la segunda y no la primera es, en opinión de Zapatero, el advenimiento de la democracia a España.
Sin duda, las mejoras democráticas deben ser reconocidas pero no pueden nublar la vista y hacer olvidar la situación global de España durante esos años. De otro modo, deberíamos aplicar el mismo procedimiento a cualquier época histórica y, por tanto, habría etapas dignas de exaltación como el reinado de los Reyes Católicos porque acabó con las guerras medievales e introdujo a España en la Modernidad. A cambio, expulsó a judíos y musulmanes y minó, especialmente en Valencia, el progreso futuro. También la “Era de los Descubrimientos” abrió al ser humano la posibilidad de configurar una visión nueva sobre el mundo que le rodeaba y se acompañó, en cambio, de un proceso colonizador sangrante y civilizador a un tiempo.
Es el resultado, en definitiva, de la cuidadosa mirada del historiador, atento a toda la complejidad de lo real. De ahí que sea tan recomendable dejar pasar un tiempo para desapasionarse y analizar lo sucedido sin la implicación personal en el juicio. Un juicio que, en el caso de ZP, viene determinado, según su propia explicación, por un conflicto emocional no resuelto: su abuelo.
Lo que resulta más preocupante es la desmemoria en la que caen algunos como él, al no querer recordar la existencia de otros abuelos que también murieron en los mismos años, de un modo igualmente injusto y de una forma traicionera, desalmada e innecesaria. Esos otros abuelos sufren hoy la misma “persecución” social a la que se sometió a las víctimas de ETA cuando se decía “algo habrá hecho”. Algunos de esos otros abuelos han sido beatificados por la Iglesia para escándalo de quienes hoy, justa pero visceralmente, celebran la “canonización civil” de “sus” abuelos. El problema no es el necesario reconocimiento y el pesar colectivo por lo que pasó, sino el desprecio por otros, también injustamente atacados.
La clave reside, nuevamente, en la sustitución de la referencia principal: del 78 al 31. Es cierto que la transición también ha sido algo mitificada, pero lo ha sido por derechas e izquierdas, por aquellos que hicieron posible la convivencia renunciando al reproche mutuo.