Washington sigue con la República Popular China una política que los diversos presidentes deben aplicar les guste más o menos y con independencia de lo que digan los programas con los que fueron elegidos: para Bush, China era un ‘‘competidor estratégico’’ cuando fue elegido, pero ahora trata con Pekín con una visión cercana al ‘‘compromiso constructivo’’ que elaboró y siguió la administración Clinton.
Ese proceso está informando la visita oficial –para un protocolo, ‘‘de Estado’; para el norteamericano, ‘‘de trabajo’’– que gira a los Estados Unidos el presidente chino, Hu Jintao, claramente dividida en dos partes: una muy económica y cercana a la comunidad de negocios y la sociedad civil, y otra, política y diplomática, que tuvo ayer su punto más alto en la entrevista con el presidente Bush.
El criterio estrictamente
neocon
de la rivalidad a largo plazo brillaba en la plataforma de política exterior y del partido republicano y pasó a la primera redacción de la directiva de seguridad nacional, obra de Condoleezza Rice, pero se ha ido compatibilizando con otros que enfatizan la cooperación económica y comercial y atenúan las disonancias políticas y las diferencias de percepción sobre ciertos asuntos internacionales clave.
Clinton dio en 1998 al antecesor de Hu, Jiang Zemin, el espaldarazo de una visita de Estado en toda regla, una dimensión protocolaria y formal como expresión del célebre ‘‘partenariado estratégico’’.
El antiguo presidente, aparentemente, llegó a un arreglo, tal vez más tácito que elaborado, según el cual Washington cerraría los ojos sobre la naturaleza poco –o nada, según se mire– democrática del régimen chino contra un comportamiento moderado en la escena mundial y una contención en el único asunto crítico: Taiwán. Ese tema es capaz de llevar a las dos partes a una confrontación y ambas se adhieren a la cómoda tesis de ‘‘una sola China’’, compatible con el compromiso norteamericano de defender militarmente la isla en caso de invasión desde el continente. Todo esto está relativamente bajo control ahora, Washington pide discreta, pero firmemente, al régimen taiwanés que no lleve el impulso independentista al borde del abismo y la visita está teñida por eso que se llama la ‘‘rabiosa actualidad’’: petróleo, déficit comercial, propiedad intelectual, cotización del yuan y otras menudencias