La cultura ibérica es uno de los periodos más singulares, ricos y fértiles de la historia del pueblo valenciano. Se formó entre los siglos VIII y VI a. de C. y mantuvo su vigor hasta principios de la Era Cristiana en que el pueblo ibérico, nuestros antepasados, se romanizaron, integrándose en el primer mundo globalizado.
Entre las múltiples producciones culturales, artísticas y artesanales destaca la cerámica, la llamada cerámica ibérica. Los iberos, con gran tradición artesanal alfarera, que arranca del final del VI milenio con los primeros productos, ya singulares y exquisitos, supieron adoptar nuevas tecnologías y a partir del siglo V a. de C. aparece una cerámica, hecha ya a torno y cocida a fuego indirecto en hornos de doble cámara, con características propias y singulares que permiten diferenciarla fácilmente de las producciones de otros pueblos próximos o lejanos.
Cerámica de cocina, para almacenamiento o vajilla, corriente o de lujo, para los distintos usos domésticos.
Su producción fue inmensa porque desempeñó usos múltiples y necesarios. En su mayor parte la encontramos, los arqueólogos, decorada, siendo la de simple decoración geométrica la más abundante y en todas las épocas. Aparte de insignificantes excepciones por su número, la totalidad en coloración rojo vinoso con rayas horizontales, circunferencias concéntricas, semicircunferencias o cuartos de círculo como más abundantes, siendo este tipo decorativo el único durante los siglos V, IV y III. En este último aparecen platos de peces con figuraciones zoomorfas para consumo del mismo producto representado.
Pero desde finales del siglo III y, especialmente, durante los siglos II y primera mitad del I, los recipientes cerámicos se decoran con extraordinarias figuraciones humanas y animales, generalmente con escenas de la vida cotidiana o acogiendo narraciones históricas a modo de crónicas o relatos plasmados en imágenes representativas de los hechos bélicos, sociales, religiosos, etc.
En este momento los vasos, es decir los recipientes cerámicos trascienden lo meramente arqueológico para convertirse en documentos históricos, similares a los papeles o documentos de cualquier archivo. Si consideramos, pues, que los de cada pueblo deben estar en su territorio o custodiados por sus servicios archivísticos o museísticos, los descritos sobre cerámica deben estar en Valencia (Comunitat) y en el lugar donde se localizaron, con todo su contexto.
Durante 1924 y 1925 el Institut d’Estudis Catalans, enterado no sabemos por qué medios, de la existencia de una necrópolis ibérica en el llamado Camí Vell de Pego, al pie mismo del Castellar de Oliva, montículo en cuya cima existen todavía los restos de un castillo musulmán, levantado sobre lo que fue una ciudad ibérica, realizó excavaciones arqueológicas con no sabemos qué autorización, es posible que con la de la Comisión Provincial de Monumentos.
El cronista P. Antón Benter ya describe que entre 1495 y 1539 se excavó en este lugar por moriscos en busca de perdidos tesoros, lo que no es improbable porque, en ocasiones, suele aparecer alguna pieza de oro, afirmando que estas excavaciones, mas bien
excarbaciones
, ocasionaron la destrucción de la necrópolis.
No obstante, el Sr. Colominas, catalán que excavó para el dichoso Institut, aún pudo localizar varias urnas funerarias con huesos y cenizas en su interior, así como objetos de bronce y hierro; entre ellos los arqueólogos citan dos urnas de cerámica ibérica “con decloración pintada en la que se desarrollaron unas escenas de guerra con profusión de figuras de caballeros y luchadores a pie, que son de una importancia extraordinaria para el arte ibérico y que, durante muchos años, hasta la aparición de los ricos vasos pintados del cerro de Sant Miquel de Liria en 1934, fueron excepcionales en la arqueología mundial”.
Recientemente, dado que se narra en uno de ellos la muerte de un jinete atravesado por una lanza, se ha mencionado este relato gráfico junto al de la muerte de uno de los Escipiones en su lucha contra tropas ibéricas y cartaginesas tras su desembarco en Ampurias el año 218 antes de Cristo, al estallar la llamada Segunda Guerra Púnica.
Pues bien, estos dos extraordinarios y singulares vasos ibéricos valencianos, procedentes de la necrópolis de Oliva, no se quedaron en Valencia, como hubiera sido lo justo, sino que se los llevaron a Cataluña y hoy se exhiben en el Museo Nacional de Arqueología de Cataluña.
¿Se deben reclamar estas obras documentales únicas de la historia valenciana para depositarlas en Oliva, lugar que tiene todo el derecho a disponer de ellas y conservarlas en su decente Museo Arqueológico?
¿Si se reclaman por la colectividad, es decir por el pueblo valenciano, las autoridades secundarán con firmeza la reclamación hasta que vuelvan a Oliva?
¿Hará caso el tripartito catalán de esta reclamación y accederá a su devolución o por el contrario, considerando a Barcelona la capital
dels països catalans
, considerará que ya están bien donde están?
Son preguntas de difícil respuesta pero que planteamos aquí dirigidas “a quien corresponda”.