Conducir se está poniendo imposible. Primero fue la prohibición de usar el móvil y, ahora, la de fumar. La razón, en ambos casos, es la distracción del conductor mientras contesta o enciende el cigarro, y ciertamente se produce ese riesgo.
Sin embargo, por el mismo motivo, deberían prohibirse otras actividades arriesgadas como pintarse los labios, ponerse los gemelos o comer un bocadillo al volante. Pero no digamos las dos más importantes que, a buen seguro, Pere Navarro querrá perseguir de oficio: pensar en las musarañas y discutir con la parienta, por no mencionar otras inconfesables que no pueden comentarse en esta columna sin vulnerar el horario infantil.
La afición por las musarañas se produce en ese terrible atasco matutino dedicado a pensar en cualquier cosa: la lista del súper, las reuniones del día, las cosas por hacer... En esos momentos querría Pere Navarro que los conductores dejaran su mente en blanco y se concentraran en el parpadeo del semáforo, la distancia entre los retrovisores laterales o la correcta ubicación espacio-temporal de nuestro coche en el carril de la derecha. Todo lo demás, es peligroso.
Que levante la mano quien haya dicho alguna vez aquello de “cuando me he dado cuenta había tomado el camino de todos los días aunque hoy no iba a trabajar...”. Es el terrible riesgo del “cuando me he dado cuenta”. “¿Y en qué pensabas, antes, hijo?”, diría el Padre Pere... “En las musarañas, padre”. “Pues 1000 euros de penitencia”. Con Pere, en unos meses, la musaraña cotizará en Bolsa.
La otra circunstancia es la peor. Pocas oportunidades tiene la DGT de salvar vidas como prohibiendo la discusión con la parienta/el pariente. Diría más: que fomenten el viaje en coches separados por el bien de la población. Una discusión en el coche puede ser terrible: es un espacio cerrado del que no se puede huir ni pegar portazo. La proximidad física produce más violencia y la violencia del enfado hace que se olvide el volante al gesticular, que se mire a la derecha insistentemente, que se relativice la importancia de la señal de prohibido en relación a dejarse los botes de gel abiertos... En resumen, es un puro ejercicio de distracción.
La conclusión es que la prohibición no puede sustituir absolutamente a la educación pues ésta debe orientar el comportamiento hacia máximos, y aquella, mantenerlo en los mínimos necesarios para la convivencia.