El último pleno parlamentario antes de la Semana Santa que se celebró el jueves ha marcado el
tempo
de la primera crisis de gobierno de Rodríguez Zapatero, crisis presagiada por casi todos pero finalmente muy distinta de lo previsto en casi todas las quinielas. Según se conoció ayer, José Bono había manifestado al presidente hace ya meses su deseo de marcharse tras sacar adelante una importante batería de reformas. Y asimismo, la aprobación de la Ley Orgánica de la Educación (LOE) ha permitido a Zapatero situar al frente de este Departamento a una mujer de su confianza, Mercedes Cabrera, para poner en marcha con mayor energía la nueva etapa en la que se pretende, con mayor financiación, recortar cuanto antes los déficit educativos que nos aquejan y nos postergan en Europa.
En una primera lectura de la crisis, resulta inevitable ponerla en relación con el
proceso de paz
del País Vasco. Tras dos años en que la relación entre Bono y Alonso no ha sido ni mucho menos fluida, las dos carteras clave, Defensa –donde reside el CNI– e Interior, quedan en manos de políticos cercanísimos a Zapatero y muy afines entre sí, y con la particularidad de que Rubalcaba ha demostrado grandes aptitudes para el lento y laborioso desarrollo negociador que habrá de conducir al deseable desenlace, sin romper los puentes establecidos y abriendo otros nuevos para aliviar gradualmente los rencores y las tensiones represados en el enquistado problema. Como era de esperar y por razones bien conocidas, el PP ha recibido de uñas a Rubalcaba, pero así y todo es muy probable que el hábil político consiga tomar con sutileza las riendas de la situación.
Con todo, es evidente que el elemento políticamente más relevante del cambio de gobierno es la propia marcha/dimisión de Bono, un desaire objetivo a quien lo nombró y tan cargada de móviles visibles como de recovecos invisibles pero imaginables (el PP ha explicado gráficamente la crisis diciendo que el dimisionario era “un elemento incómodo” en el Gobierno). Bono fue, no debe olvidarse, el candidato de los llamados
renovadores
en el 35 Congreso socialista de julio de 2000 en que venció, por nueve votos, Rodríguez Zapatero; el recuerdo de aquella derrota nunca ha desaparecido del imaginario del derrotado. Y Bono, fervoroso católico como Paco Vázquez, ha mantenido asimismo posturas relativamente discrepantes en el seno de su propia formación política, tanto en el proceso estatutario de Cataluña cuanto en el trámite de otros proyectos legislativos. Después de las explicaciones dadas ayer por el dimisionario, sería aventurado afirmar que su voluntad de salir del Gobierno se ha debido a una profunda discrepancia ideológica con su jefe de filas, pero es imposible negar de plano que las diferencias mencionadas han sido un elemento más a la hora de explicar su actitud, aunque no sea el más importante.
En cualquier caso, Bono, pletórico de facultades pese a ser diez años mayor que Zapatero y a pertenecer casi a la anterior generación, no transmite la imagen de un político en retirada aunque asegurase ayer con contundencia que piensa recluirse en la vida privada. Más bien parece que la salida del Gobierno por decisión propia obedecería al deseo de reorientar su carrera política, que en el Ejecutivo nacional había llegado al cenit. En efecto, Zapatero está consolidado absolutamente y continuaría al frente del PSOE aunque perdiera las elecciones del 2008, por lo que Bono ha dejado de ser la opción de recambio. Por consiguiente, pueden ser verosímiles las hipótesis de que el ya ex ministro de Defensa habría optado por prepararse algún otro reto como por ejemplo el acceso a la alcaldía de Madrid.
Las restantes vertientes de la crisis gubernamental son menos relevantes: de una parte, la salida del Gobierno de María Jesús Sansegundo era esperada por incapacidad manifiesta, hasta el punto que la LOE ha tenido que ser tutelada por Fernández de la Vega. De otra parte, se han cortado de súbito los rumores que aseguraban otras destituciones
seguras
en Vivienda, Fomento e incluso en alguno de los Ministerios principales: Zapatero no ha permitido que otros le hicieran la crisis. Finalmente, queda vacante la decisiva portavocía del PSOE en el Congreso, tan importante en las etapas como la presente en que el partido gubernamental no cuenta con mayoría absoluta. Todo indica que el insustituible Rubalcaba será sustituido por su segundo, Diego López Garrido.
En suma, la vertiente técnica de la crisis incide parece que positivamente sobre el
proceso de paz
vasco y apunta a una reactivación del mortecino Ministerio de Educación y Ciencia, pero deja en estado de postración otras áreas gubernamentales asoladas. En lo político, y a falta de mayores desarrollos que habrá que analizar en los próximos días, la marcha del ministro de Defensa, que mantiene elementos enigmáticos, parece reconocer la incapacidad de este a la hora de tratar de establecer una sintonía fina con Zapatero y explicita su desistimiento de la idea de que aún podía ser su relevo en determinadas circunstancias.