Listorranazi” es el apodo de la única detenida por el ataque a la Falla del Ayuntamiento. El motivo fue, al parecer, una venganza personal contra un vigilante que se le insinuó. El contexto, todo un currículum de quema de contenedores y actos vandálicos.
Ciertamente como “comando antifallero” resulta decepcionante pues su acción no tenía el objetivo de atacar la Fiesta. Entiendo que a muchos les tranquilizará saber que se quemó la Falla como se hubiera quemado un banco si el objeto de su venganza hubiera trabajado en él. Pero reconozco cierto interés en la existencia de un comando “antifallero” desde que sufro esa esquizofrenia, compartida por muchos ciudadanos, de ser valenciana y desear el exilio cada año cuando se aproxima marzo.
Así, me ilusionaba soñar con la existencia de un comando bienintencionado que, bajo el espíritu de Robin Hood, fastidiara durante unos días a los que fastidian mucho para regocijar a los que fastidian poco. Doy por supuesto que esa actitud no puede caer nunca en el daño personal ni material y que la violencia no es método para lograr nada. Me refiero a un suave “chinchar” a quienes, durante casi un mes creen que en la ciudad solo viven los falleros, es decir, no hay ancianos a quienes la música impide descansar, no hay niños que vivan aterrorizados por el desmadre petardero de algunas calles, no hay enfermos que comprueben cómo las ambulancias tienen dificultades para atenderles o no hay personas con movilidad reducida que dejan de pasear en silla de ruedas porque para eso hace falta una medalla paralímpica en salto de vallas...
Esos son quienes necesitan un “comando antifallero” no violento sino reivindicador. Un comando que, además, pudiera agitar las conciencias apelando al derecho de todos a disfrutar de la fiesta: activa o pasivamente. Hasta ahora, con la conversión de Valencia en ciudad sin ley durante las Fallas, solo existe una posibilidad de disfrute, el activo. Desde aquí reivindico el derecho a disfrutar pasivamente y a no terminar aborreciendo una fiesta maravillosa por los excesos de los “falleros activos”. Los “falleros pasivos” también tenemos derechos que bien podría recordar un comando no violento y mordaz -del cual me erijo desde ahora mismo en ideóloga- que se dedique a introducir la ironía hacia la propia fiesta puesto que, además, la autocrítica es la esencia de las Fallas. Se admiten voluntarios.