No todas las pasarelas utilizan a la mujer con fines poco loables. Es cierto que el hecho de poner a un grupo de personas sobre una plataforma en la que ser contempladas resulta, ya de por sí, inquietante. Sin embargo, su valor varía considerablemente en función del objetivo de quien se expone, de la mirada de quien observa y del efecto que producen ambos elementos.
Hace unos días la noticia estaba en los pases de lencería de Cementos La Unión que, por cierto, no tiene relación con los fabricantes de azulejos, como se dijo erróneamente en esta columna para disgusto del sector y de la arriba firmante.
Hoy, en cambio, la pasarela es noticia por razones muy distintas: la celebración en Alicante de un pase de modelos protagonizado por mujeres operadas de un cáncer de mama. Con ellas, la pasarela se convierte en un espacio para dejarse ver, literalmente, y hacer un ejercicio de autoafirmación. En especial, de quien gusta mirar la grandeza de estas mujeres, no un formato 90-60-90. Allí se podía comprobar cómo la belleza reside en la forma de sonreir, la naturalidad, el gesto espontáneo y la alegría de vivir. Por eso, las seis mujeres que desfilaron podían decir sin tapujos que eran “las top” de la pasarela hasta el punto de que quizás no sea tan ajustado su afirmación de que son mujeres “normales”: no lo son, tienen más fortaleza, más solidez y más humanidad.
Además su belleza no es la del póster de taller mecánico. Esa es estática, fría –al margen de los “calentones” que produzca entre los caballeros- y terriblemente impersonal. La suya, en cambio, resplandece, por eso no es propia de un vulgar póster pues no se podría apreciar la luz que irradia. No en vano, todos hemos comprobado alguna vez que no hay mejor crema antiarrugas que ser feliz. Ellas lo son.
En acontecimientos como éste se explica la necesidad de la pasarela, se justifica y se aplaude. Tiene un sentido pedagógico, ejemplarizante, revitalizante y, sobre todo, humanizador. Es decir, una función muy distinta a la del mero reclamo publicitario que apela a lo que los clásicos llamarían las bajas pasiones. En esta pasarela se apela a las ganas de vivir y de enseñar a otros que una mujer puede ser escandalosamente atractiva sin seguir el presunto estándar de la belleza física pues lo que atrae es la persona, no el envoltorio.