El consumo de agua embotellada en nuestro país se ha incrementado en los últimos años de una forma constante. Tal y como muestra una encuesta a nivel mundial del Earth Policy Institute, España es el noveno país en consumo de agua embotellada del mundo y el sexto en consumo de agua embotellada por habitante. De hecho, lo dos índices muestran un importante crecimiento que refleja una tendencia que se viene afianzando en los últimos años: los españoles consumen cada día menos agua del grifo y más agua envasada.
En todo el mundo, el consumo de agua en botella alcanzó, según el citado estudio, los 154 mil millones de litros en 2004, lo que significa que en todo el planeta se bebió un 57 por ciento más de agua embotellada que cinco años antes. En España, desde 1999 a 2004, el consumo se ha incrementado desde niveles cercanos a los 4 mil millones de litros hasta los casi 7,5 mil millones que se consumieron en 2004. En cuanto al consumo per cápita, nuestro país registra un aumento en este lustro que va de los cerca de 100 litros por habitante y año en 1999, a los alrededor de 139 de 2004.
Estos datos han permitido que la industria envasadora de agua de nuestro país se encuentre en un momento álgido. De esta manera, tal y se señala en el Anuario de la Alimentación en España del años 2004 –realizado por Mercasa–, la industria creció ese año un 13 por ciento con respecto al ejercicio anterior. El 68 por ciento de esta producción se consumió en los hogares españoles y el 31, en bares y restaurantes, según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.
A nivel comunitario, la industria del agua en nuestro país reafirma esta bonanza situándose en el cuarto lugar de la Unión Europea, sólo por detrás de Italia, Alemania y Francia, lo que supone una producción anual, según datos de septiembre de 2005, de unos 33.000 millones de litros al año.
Capricho o necesidad
Llama la atención que el principal consumidor de agua embotellada del mundo sea un gigante desarrollado como Estados Unidos. La primera potencia mundial registra, según zonas, unos niveles de contaminación natural en sus acuíferos que ha generado una corriente contraria al agua del grifo en todo el país.
De hecho, los expertos cuestionan, en su mayoría, que el agua embotellada sea, por regla general, más sana que el agua corriente que llega a los grifos de la mayoría de hogares de la parte rica del planeta. Según la organización en defensa del medio ambiente NRDC, “no hay seguridad de que sólo porque el agua sale de una botella es más limpia o sana que la que sale del chorro”. De hecho, una parte importante del mercado del agua embotellada la ocupan el agua potable preparada –agua cuya pureza se ha conseguido mediante tratamientos– y el agua de distribución –la común del grifo, que ha sido tratada para conseguir unos cánones mínimos–.
El coste del agua
Según un estudio de la Organización de Consumidores y Usuarios (Ocu), “a la salida de la planta embotelladora, la carga microbiana no debe superar los límites recomendados para las aguas de consumo público (del grifo). Esta pureza debe ser natural y no conseguida a través de un tratamiento de cloración”. Por tanto, tal y como señala la Ocu, el agua que se consume en botella es limpia, pero es más estéril que el agua que nos llega al grifo normalmente a los consumidores.
A esto hay que sumar una investigación llevada a cabo por la Universidad de Ginebra (Suiza), en la que se muestra que el agua embotellada no suele ser más saludable ni más segura que el agua del grifo. En este estudio, encargado por Adena/WWF, los investigadores llegaron a la conclusión de que el agua embotellada no constituye una solución ecológicamente recomendable.
Al coste ecológico que puede suponer el embotellamiento hay que sumarle el coste real que supone el agua embotellada para los consumidores. De hecho, según un estudio del Instituto Medioambiental Americano, el precio del agua embotellada es de 10.000 veces su valor real.
Lo que se plasma finalmente en los bolsillos del consumidor es relativamente importante. Entre la gran cantidad de marcas de las estanterías de los supermercados podemos elegir entre aguas más baratas o más caras. Generalmente, lo único que influye es la marca del producto y según esa elección, el coste de pasarse al agua embotellada puede ser mayor o menor para las familias de nuestro país. Si se opta por lo más económico, se pueden encontrar botellas de litro y medio por alrededor de 18 céntimos de euro y agua en garrafa por 11 céntimos el litro. Esta opción supondría un desembolso cercano a los 6 euros al mes, por lo que una familia media gastará alrededor de 25 euros al mes.
La cuestión en estos casos es si ese desembolso garantiza una mayor calidad que el agua que se nos ofrece al abrir el grifo. Tal y como recuerda el Earth Policy Institute, tanto en Estados Unidos Como en la Unión Europea, existen más restricciones, controles y regularizaciones para asegurar la calidad del agua corriente que la que se aplica al agua embotellada.
José Miguel Reyes