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Domingo, 19 de marzo de 2006
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C. VALENCIANA
pura vida
Fuego
Dos elementos, el agua y el fuego, siguen manteniendo intacto su poder ancestral sobre nuestra sensibilidad porque todavía conservamos, pese al ordenata y los viajes espaciales, ese punto de Atapuerca remoloneando en nuestros genes. Podemos contemplar durante horas, casi hipnotizados, la suave ondulación de las olas del mar o la mágica danza de las llamas de una fogata.

Esta noche el asfalto de la ciudad escupirá fuego y la mayoría nos arremolinaremos para mirar embobados la calidad y la cantidad de las llamas, la potencia prehistórica de ese fuego sagrado y eterno que devora nuestras malas historias y las manchas de nuestra biografía para permitir una regeneración que nos gustaría absoluta. Ni los turistas accidentales de rasgos caucasianos, ni los ocasionales de corte asiático, ni los forasteros de rostro bermellón como las gambas, ni los mochileros de bocata barato que recorren la ciudad desde sus sandalias, pueden comprender como los monumentos terminan reducidos a cenizas tras una rápida combustión. Les asombra este presunto despilfarro, les sorprende el toque entre bonzo y kamikaze con el cual finalizan nuestras fiestas. Bueno, a nosotros también nos sumen en la perplejidad las costumbres y los modos de otras latitudes, quizá sea que sólo cuando perteneces al Mediterráneo de Homero y de todos los dioses de la mitología puedes vislumbrar la fuerza majestuosa de un ciudad que arde como antaño ardió Troya. Y no logran entender que nos fundamos el esfuerzo de un año en cinco minutos porque tal vez todavía no han descubierto que en el místico baile de las llamas lo que vemos es el reflejo de unos pecados, los nuestros, que desaparecen. Explícale esto a un guiri...



 

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