El urbesexual ha muerto. Ni que decir tiene que aquello del metrosexual está out. Ahora lo que se lleva es ser elquetienetodoloúltimo, que tendría su propio apelativo pero que oportunamente ha olvidado. La van a perdonar. Pero es que son ya tantas cosas…
Lo del metrosexual no requiere explicación ninguna. Lo de urbesexual pues vendría siendo como un metrosexual pero sin pulir, o sea, me cuido pero la puntita nada más. Muy a lo chulazo Russell Crowe. Que para algo uno es muy macho. Y ahora, viene aquello del cazatendencias amateur: un hombre con capacidad adquisitiva alta y que se dedica, según sus fuentes, a coleccionar lo más de lo más. Sea una crema antiarrugas o la última virguería electrónica. Lo que desconoce es si hace lo propio con los productos de la limpieza del hogar. Que ella bien le podría dar un master en plan oxígeno activo, jabón de marsella, o el ya clásico Tenn con bioalcohol. Que, por cierto, no sabe si habrán caído en la cuenta de que hasta esta última marca ha cambiado la imagen del solícito mayordomo. Sí, el de la prueba del algodón. Ahora se gasta uno más joven, más acorde con los nuevos tiempos.
Porque muy al contrario de lo que se piensa, la tiranía de la belleza también va por ellos. Sólo que ellos son más listos. O menos permeables. Que es más probable. Lo comprobó en una boda reciente. Ellas iban como un pincel. La mayoría, negras de UVA o a base de tintura, por supuesto. Y ellos, por libre.
Les conocía de muuuuuchos años. Y, definitivamente, el tiempo hace estragos. Después de unas cuantas copas, llegó el consabido momento de las jugosas confidencias. Uno de los invitados no dudó en hacer gala de haberse subido hacía tiempo al tren de la bruja. Ella le miró sin comprender. Aquel conocido no tuvo el menor empacho en reconocer a todos los presentes que se lo montaba con feas porque, a su entender, eran más amables. Y encima, aquel tren no llevaba a ninguna parte. Lo que aquel chico desconocía es que, de regreso a casa, alguien le preguntó qué hacía hablando con semejante freak. Quizá, alguna pasajera en algún lugar se esté vanagloriando de subirse al tren de los desgraciados. En el que una no desluce al lado de un morenazo. Se monta y no vuelven a llamar. Que de vez en cuando un desahogo no viene mal.