Todos se animaban, con ese entusiasmo valenciano que se inflama al pensar en fiestas y bullicios. La falla es la fiesta popular por excelencia: una costumbre árabe, transformada y mejorada a través de los siglos, hasta convertirse en caricatura audaz, en protesta de la plebe. [...] Las fallas las hacían los carpinteros para solemnizar la fiesta de su patrón y la llegada del buen tiempo, en el que ya no se trabaja de noche; hasta que, por fin, el espíritu innovador del siglo hermoseó la falla, dándole un aspecto artístico. [...] La sátira popular se remontó, metiéndose de rondón en la política y las fallas se convirtieron en burlas al Gobierno y caricaturas de la autoridad.’’ Así de colorista y vivaz es la descripción que de las fallas nos ofrece Vicente Blasco Ibáñez en su novela
Arroz y tartana
, escrita en 1894.
Verdaderamente las fallas se han superado rápidamente en calidad y cantidad (afirmará en
Valencia Atracción
, en febrero de 1961, el inolvidable historiador Bernardo Bono y Barber), no perdiendo pese a ello y pese a encontrarnos en pleno siglo XX –y ese es el gran milagro de los valencianos–, la gracia, la sátira y el arte, que fueron la sal de su origen, llegando a ser conocidas en todas partes y conseguir justa y universal fama.
Comentábamos en nuestro artículo anterior que las fallas son hoy Fiestas de Arte de Interés Internacional. Una promoción global a la que han contribuido, desde hace más de ochenta años, los numerosos valencianos que un día emigraron a distintos países del orbe y en donde de modo permanente, pero de manera muy especial por esta época exteriorizan su vena de valencianía, levantando su propia falla y protagonizando –con la nostalgia que aflora cuando se halla uno a miles de kilómetros de la
terreta
–los actos típicos de nuestra fiesta: proclamación de falleras mayores y cortes de honor, instalación de barracas, degustación de paella y buñuelos,
disparaes
, ofrendas florales..., sin olvidar las notas insustituibles de
El fallero
y sin faltar la atmósfera ardiente de la
nit de la cremà
.
Una de estas agrupaciones en el extranjero es la Falla El Turia de Buenos Aires, fundada en 1951. Como hecho curioso, ya engarzado en la memoria histórica, diremos que en el semanario
Mascletà
, órgano de la Junta Central Fallera de Valencia, en el número 14 correspondiente al 16 de agosto de 1952 se publicaba una “Carta abierta” al director, firmada por Julio Carretero, presidente de festejos de dicha Comisión, en la que transmitía así sus desahogos: “Desde estas tierras, tan lejanas de nuestra patria chica, mi corazón de valenciano y fallero se siente reconfortado para seguir luchando sin descanso en el destino que nos marcó nuestra vocación: poner muy alto el pabellón de nuestra invicta Senyera y sus inimitables fallas. [...] Somos un puñado de valencianos que allende los mares se esfuerzan por dar a conocer el colorido y arte de nuestra incomparable fiesta, ‘plantando’ una artística falla en el corazón de la República Argentina”.
Además de la Falla El Turia, en el gran estado de América del Sur existen las
embajadas
Unión Regional Valenciana de Mar del Plata, Centro Valenciano de Rosario, Centro Regional Valenciano de Mendoza, Centro Valenciano de San Juan... También en Chile funciona la denominada Colectividad Valenciana, como en EE. UU. el Centro Cultural La Barraca de Nuevo México. Y en Francia la Casa Regional Valenciana de París y el Centro Cultural Valenciano del Ródano. Asimismo en Suiza se conocen las fallas gracias al Grup Cultural Valencià de Zúrich, creado hace más de treinta años.
Por lo que respecta a España, son innúmeras las ciudades en donde los programas falleros están presentes, como Barcelona, cuya Casa de Valencia planta su falla desde 1929; lo mismo que la Casa de Valencia en Madrid lo viene haciendo desde 1943. Otras representaciones nuestras son la Casa de la Comunidad Valenciana en Zaragoza, la Colonia Valenciana de Teruel, la Casa Valencia de Gavà, Casa Regional Valenciana de Mallorca, Falla Els Pujols de Formentera, Falla All i Pebre de Palma de Mallorca, Asociación Cultural Valenciana de Ibiza, Casa de la Comunidad Valenciana en Navarra, Casa de Valencia en Burgos…
Pero muchos de los valencianos ausentes no se conforman con vivir la fiesta a distancia y, por ello, grupos de paisanos nuestros participan directamente todos los años en los actos de la semana fallera en Valencia, viajando desde sus alejados lugares de residencia a través de los llamados Barco o Avión Fallero, siempre calurosamente acogidos por el pueblo valenciano y agasajados por las Administraciones autonómica y municipal. Se trata de unas expediciones realmente emotivas, ya que no pocos de estos emigrantes tienen así la oportunidad de reencontrarse con su añorado terruño después de largas décadas de expatriación.