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Sábado, 18 de marzo de 2006
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C. VALENCIANA
la torrà
El peaje
Algunas Fallas han llegado a convertirse en algo similar a un mal periódico de domingo, es decir, ése que se compra resignadamente para renovar la vajilla.

Con algunas Comisiones falleras, la impresión es similar: plantan dos monigotes de cartón con un cartel presuntamente gracioso, que no puede llevar el nombre de “falla” sin ofender a todas las demás, y ya se creen con derecho a instalarse durante diez días en el barrio para sus juergas particulares. Sin embargo, ni quien compra un periódico como peaje para tener cubertería en casa puede ser considerado “lector de prensa” ni quien planta un trozo de cartón sin tema ni gracia por poder instalar una carpa y un paellero en plena calle cabe en la categoría de “fallero”.

En las Fallas, hoy por hoy, hay demasiados mitos que deberán abordarse en algún momento aun cuando sea utópica la pretensión, pues ningún responsable público desea enemistarse con un colectivo tan amplio y poderoso como el fallero.

Uno de los tópicos que no siempre cuadran con la realidad de Valencia es la consideración de que, a diferencia de otras fiestas locales, las fallas son fiestas del barrio, populares y próximas al ciudadano. Es cierto que las fallas se instalan en medio de la ciudad y, por tanto, su visita es accesible a todos los que quieran acercarse a ella. Sin embargo, el hábito de instalar carpas en la calle de acceso restringido a la Comisión pero de molestia abierta a todos convierten la juerga fallera no tanto en una fiesta del barrio como en una fiesta que otros montan en el barrio. La molestia es universal; la fiesta, particular.

Si uno y otro elemento se unen, como se decía al principio, el resultado es que algunos no dudan en ofender al barrio colocando un par de ninots para justificar la molestia posterior. Luego, no hay ni despertàs, ni mascletàs ni chocolate con churros para obsequiar a los sufridos vecinos que soportan, sin liarse a tiros, una semana sin dormir para que otros disfruten de una juerga a la que ellos son ajenos. Lo son ellos, no sus impuestos que sirven para limpiar y arreglar los destrozos de quienes se divierten. Tampoco lo es su derecho a no participar en la fiesta pues, para algunos, ese derecho no merece la debida protección. Esos son quienes hacen mayor mal a la fiesta.



 

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