Estamos salvados: los periódicos empiezan a publicar noticias gratas, pintorescas, intrascendentes. Como la de que ayer se celebró el día del número “pi”. Dos años más y llegamos a las elecciones sin crispación. No es tan difícil como la cuadratura del círculo, que ha traído de cabeza a los matemáticos de los últimos veinticinco siglos. Pero se le parece.
Todos resolvimos fácilmente aquel problema colocando en el suelo un cordón de zapato en forma de círculo y transformándolo inmediatamente en un cuadrado con perímetro y área idénticos. “¡He conseguido la cuadratura del círculo!”, gritábamos alborozados. Hasta que comprendimos que se trataba de conseguir un cuadrado de área igual a un círculo dado utilizando únicamente regla y compás. Y entonces nos enseñaron que la misteriosa relación que unía la longitud de una circunferencia con su diámetro estaba en función de un número que se pronunciaba “pi” y era un número irracional, de infinitos decimales que nadie había podido demostrar que se repitieran de forma periódica. Como la irracional y trascendente división de las dos Españas.
Arquímedes se había molestado en demostrar que el número más parecido a “pi” era el que se obtenía de dividir 223 entre 71 o bien 220 entre 70. Pero el Papiro de Ahmes, supuestamente escrito en Egipto en el 1650 a. de C., ya decía que el tal “pi” era 3,16 bastante aproximado al valor que hoy se obtiene con los 51 mil millones de decimales que se han obtenido con ayuda de ordenador.
Ayer, 14 de marzo los matemáticos celebraron el día de “pi”. A ver cuándo celebran el de la cuadratura del círculo. Porque con lo del entendimiento entre los partidos políticos españoles en los grandes asuntos de Estado podría ocurrir lo mismo que con el dichoso número: en 1882, Ferdinand Lindemann demostró que “pi”, además de irracional es un número trascendental, lo que significa entre otras cosas que el problema de la cuadratura del círculo no tiene solución.