El emigrante de la triste figura
Abdelaziz es uno de los indocumentados que trataba de llegar desde Mauritania a Canarias, donde en las últimas horas han arribado nueve cayucos con 300 ilegales
Abdelaziz es uno de los indocumentados que trataba de llegar desde Mauritania a Canarias, donde en las últimas horas han arribado nueve cayucos con 300 ilegales
Abdelaziz, un senegalés de 26 años, apenas se tiene en pie y su figura marca una línea larga y delgada sobre las esterillas donde es atendido por sanitarios mauritanos. Abdelaziz trataba de llegar a Canarias, al igual que los otros 300 ilegales que ayer consiguieron entrar en nueve cayucos a las islas.
El cuerpo enclenque de 1,80 metros de estatura, con un amuleto amarrado a la cintura, no parece superar los cuarenta o cincuenta kilos. “Dicen que ha estado nueve días sin comer y viene lleno de heridas por el agua salada y los golpes recibidos al viajar en la proa de la piragua”, explican los que le curan los hombros, las caderas, las muñecas, los brazos y las rodillas. No abre la boca más que para quejarse de dolor cuando le aplican desinfectante y cicatrizante.
Aparentemente su estado no reviste gravedad, pero la imagen del emigrante con su extrema delgadez tendida en el suelo y los enfermeros sobrevolándole no deja de recordar a las escenas tantas veces repetidas en otras crisis humanas del continente negro. Este joven peluquero ha sido de los últimos en llegar a las comisarías de Nuadibú. El grupo con el que intentaba llegar a bordo de un cayuco a las islas Canarias, acabó de vuelta en una playa del norte de Mauritania en la noche del lunes. Las dependencias policiales son auténticas ollas a presión. Ayer se habilitaron tras unas obras de urgencia varias habitaciones porque el hacinamiento era insoportable. El ritmo de repatriaciones es menor al de llegada de inmigrantes retenidos por las Fuerzas de Seguridad.
Amontonados en el suelo
“Nosotros somos 54 y ellos la mitad. No quieren que comamos de sus bandejas cuando nos reparten la comida”, explica un senegalés haciendo referencia a su rivalidad con los malienses. Decenas de jóvenes están amontonados en el suelo en el mismo sitio donde la policía almacena los motores de la embarcación y los bidones de gasolina. Los agentes y miembros de la Media Luna Roja intentan calmarlos cuando algunos exigen una repatriación inmediata a su país. Visto lo visto, las autoridades agilizaron el transporte de setenta de ellos hacia la capital, Nuakchot. Dos pequeños autobuses de la escuela náutica de Nuadibú salían al caer la tarde desde la comisaría del barrio de La Güina con 35 inmigrantes cada uno. Una vez en la principal ciudad del país el régimen mauritano intentará que sean repatriados.
Pero muchos de ellos ya anunciaban su regreso por las ventanillas. “Nuestra llegada a Bamako será el comienzo de la preparación de un nuevo intento por alcanzar Europa”, dijo un maliense entre la estrechez de los asientos saturados de pasajeros con el rotundo apoyo de sus colegas. A esa horas Abdelaziz, que está entre los que sigue en comisaría, había logrado dejar caer en su estómago una sopa y su estado empezaba a mejorar.