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Domingo, 12 de marzo de 2006
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El carnicero de los Balcanes
¿Cómo recordará la historia a Milosevic? El pueblo serbio ya sabe que Slobodan fue el enterrador de un sueño imposible, que ya jamás podrá ser alcanzado: la gran Serbia
¿Cómo recordará la historia a Milosevic? El pueblo serbio ya sabe que Slobodan fue el enterrador de un sueño imposible, que ya jamás podrá ser alcanzado: la gran Serbia
El comienzo de la tragedia de los Balcanes tiene un nombre, una fecha y un lugar. El 28 de junio del año 1989, un político serbio todavía desconocido por la prensa internacional viajó al escenario de la peor tragedia militar de su pueblo y prometió a sus compatriotas que nunca más serían golpeados por nadie y que la larga humillación que sufrió la nación había llegado a su fin.

Al cumplirse el 600 aniversario de la batalla de Kosovo, Slobodan Milosevic, adelantó ante un millón de serbios el futuro de la república. “Hoy, 600 años después de la batalla de Kosovo, nos encontramos nuevamente enfrentados a nuevos combates. Espero que sea una lucha sin armas, pero tampoco se puede excluir que haya que utilizarlas”, dijo el político.

Dos años más tarde, y en otro aniversario de la famosa batalla que perdieron los serbios ante el ejercito otomano, aviones de la fuerza aérea yugoslava disparaban contra los milicianos de la república eslovena, que pocos días antes había proclamado su independencia de Belgrado. Pocas semanas más tarde, sonaban los primeros disparos en la vecina Croacia.

El apoyo militar
“Es absolutamente normal para el Vaticano, Alemania y Austria acudir en ayuda de Croacia. Para nosotros es algo normal que Serbia ayude a los serbios”, dijo Milosevic para justificar el apoyo militar que recibieron miles de serbios que se rebelaron en contra de la nueva república independiente de Croacia y la sucesión de guerras que sumió al país en una tragedia.

Slobodan Milosevic, cuya década en el poder marcó la desintegración definitiva de Yugoslavia, fue un político que tuvo el raro privilegio de haber perdido todas las batallas que el mismo desencadenó. Las tres primeras, Croacia, Bosnia y Kosovo, acabaron con el país que fundara Tito. La última, las elecciones presidenciales, le costó el poder y la libertad.

¿Cómo recordará la historia, al hombre que fue bautizado por Washington como el “carnicero de los Balcanes? Antes que nada, el pueblo serbio ya sabe que Slobodan Milosevic fue el enterrador de un sueño imposible y que ya jamás podrá ser alcanzado: La fundación de la Gran Serbia. Pero Milosevic también demostró ser, en los trece años que permaneció en el poder, uno de los gobernantes más violentos que recuerde la historia del continente. Más de 200.000 personas murieron en las contiendas que sacudieron al país en la década pasada y su gobierno fue una sucesión trágica de guerras perdidas.

Independientes
Croacia, Eslovenia, Macedonia y Bosnia se hicieron independientes y, peor aún, Kosovo, la tierra santa de los serbios, quedó en manos de los albaneses, mientras que cientos de miles de serbios perdieron sus hogares

El ocaso político del dictador estuvo marcado por la soledad y el instinto de supervivencia. Condenado como un paria por la comunidad internacional, el hijo de padres suicidas para salvar su propia cabeza, al final parecía querer llevar a su propio pueblo a una muerte colectiva, que el mito serbio tiende a retratar como una forma de redención.

Cuando la histeria nacionalista serbia que catapultó a la cima política a Milosevic a finales de los ochenta se esfumó, el dictador se convirtió en un personaje que gobernaba un país en decadencia. Pero Milosevic logro aferrarse al poder gracias a una rara habilidad para convencer a su pueblo de que estaba rodeado de enemigos mortales.

‘‘Genocidio demográfico’’
Primero acusó a los albaneses de Kosovo de cometer un “genocidio demográfico” contra los serbios, por su alta tasa de mortalidad. Los croatas fueron la reencarnación de los fascistas; los musulmanes de Bosnia, los herederos del imperio otomano y la OTAN, la encarnación diabólica de Estados Unidos.

El hombre que se describió a si mismo como el “Ayatola Jomeni” de Serbia, le dijo una vez a su primer ministro, Milan Panic: “los serbios siempre estarán a mi lado”. Durante años lo hicieron, pero al final, exhaustos de una década terrible, abandonaron al líder y lo expulsaron del poder mediante una inolvidable revuelta popular que destruyó el último pedazo del telón de acero comunista que existía en los Balcanes .

Su obstinación provocó la destrucción de la antigua Yugoslavia, sembró la muerte en la región de los Balcanes y llevó la ruina a Serbia, otrora un país rico y con amigos en todo el mundo. Un epitafio trágico para un hombre que ayer fue encontrado muerto en su celda de Scheveningen.



 

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