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Domingo, 12 de marzo de 2006
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Valencia
Un extraño resplandor
Algunos saben que la verdad les hará prisioneros. Tampoco ignoran que buscarla en el fondo de todos los pozos, por muy arduo que sea, lo es menos que encontrarla. Hay personas que, sin embargo, profesan un gran amor por la verdad: lo que ocurre es que ella no les corresponde. El ansia de conocer es contenible y además requiere mucha constancia, quizá por eso Unamuno decía que el saber no ocupa lugar, pero ocupa tiempo. Dos años llevamos indagando lo que en realidad pasó el 11-M y sólo sabemos a ciencia cierta que fue la más bárbara matanza registrada en España durante épocas de paz.

Para más de la mitad de los españoles la verdad del horripilante suceso sigue oculta y por eso abundan las versiones. Para la ministra De la Vega y de los modelos de alta costura “se sabe prácticamente todo”. En lo que está de acuerdo casi el resto, incluso el líder de la célula islamista conocido como el Tunecino, es que la prensa ha aportado a los detectives más tenaces. La presidenta de la Asociación 11-M, tan criticada por no saber tragarse todas sus lágrimas, ha llegado al escepticismo y cree que lo verdadero no es más seguro que lo probable. “Acabaremos como los de la colza”, ha dicho Pilar Manjón, pero no quiere que los viajeros de los trenes del horror sean utilizados en las batallas políticas, que a estas alturas del duelo son escaramuzas. El juez del Olmo tiene sobre su mesa los 80.000 folios de la investigación. Una cantidad de palabras que hubieran sido suficientes para escribir las truncadas biografías de todos y cada uno de los 191 muertos.

Quizá la verdad sea un resplandor extraño, aunque se diga que puede cegarnos. Lo más probable es que lleven razón los que piensan que, dado que es lo más valioso que poseemos, debemos economizarla.



 

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