Yo no recuerdo bien cuál fue mi primera palabra pero seguramente sería alguna de esas tontas como “papá” o “mamá”. Es posible que ese día, en casa, se llevaran una alegría. No por haber empezado a hablar sino porque de momento aún no dedicaba tiernos epítetos descalificatorios a mis congéneres, como he terminado haciendo al cabo de los años en Las Provincias. Es posible que el tono de mi “güeeee” fuera inquisitivo, no digo que no, pero entonces nada hacía sospechar que, con el tiempo, el sonido gutural se transformaría en un alegato periodístico de 400 palabras. En cualquier caso puedo asegurar, aunque algunos no se lo creen, que mi primera palabra no fue “¡discrepo!”.
Decir ‘papá’ o ‘mamá’, como seguramente dije yo en un arrebato de tradicionalismo impropio de mí, no solo es razonable desde el punto de vista antropológico sino también semántico y hasta fonético pues la repetición de una sílaba como “pa” o “ma” es lo más parecido al balbuceo inicial infantil que juega con el “bu”, el “me” o el “ga”.
Ahora bien, si ya es duro ser bebé, aguantando las carantoñas de la tía Paca, ésa que se empeña en ampliar el perímetro de los mofletes a base de pellizcos, no quiero ni imaginar lo que será aprender a decir “progenitor A” en seco, sin anestesia y sin haber dicho antes el pretérito imperfecto de subjuntivo del verbo moler o la tabla periódica en inglés. “Anda, guapo, di Progenitor A, que lo oiga él/ella/ello”, dirá arrebolabo/a/e el Progenitor B. Y quizás todos sonrían encantados: el Progenitor C, el compañero del Progenitor D, el ex del progenitor E e incluso el vecino que pudiera ser –negaré haberlo dicho- el Progenitor F. Como compensación, para cuando el bebé diga eso, ya no necesitará pañales. Con una Tena Lady será suficiente.
En el fondo, el Gobierno, con sus juegos semánticos, puede conseguir que toda una generación deje de decir “mi vieja” para referirse a su madre y pase a decir, directamente, “mi progenitor B”. Suena a laboratorio frío y esterilizado donde referirse a entes sin vinculación afectiva: “mi probeta me echó la bronca” o “mi vaso de precipitados es un plasta”.
A Dios gracias, mis progenitores, el A y el B, me enseñaron a decir “papá” y “mamá”. Como hicieron los suyos a quienes pretenden imponer ahora el “progenitor” a los demás.