En una jornada negra para el Gobierno italiano, el ministro de Sanidad, Francesco Storace, dimitió ayer a causa del llamado el ‘Watergate a la romana’, un escándalo de espionaje a sus adversarios políticos, pero en versión chapucera, cuando era presidente de Lazio y aspiraba a la reelección en los comicios administrativos de abril de 2005. Pese a todo, perdió y fue recolocado en la cartera de Sanidad. A un mes de las elecciones generales, es la sexta renuncia traumática de un ministro de Berlusconi, y la segunda en pocas semanas tras la polémica de Roberto Calderoli y su camiseta sobre las viñetas de Mahoma.
Storace no ha admitido nada pero ayer dijo abandonar la política para evitar “instrumentalizaciones” de la oposición. “La simple sospecha de que yo pueda haber planeado una maniobra política contra mis rivales me indigna”, explicó en un breve comunicado. En realidad, lo que ha salido a la luz son algo más que simples sospechas, más bien parece que le han pillado con las manos en la masa.
El caso tiene connotaciones de vodevil y se remonta a la campaña de las elecciones en Lazio, la región de Roma. El equipo electoral de Storace habría contratado a una agencia de investigación para sacar trapos sucios y seguir a los otros dos candidatos, Piero Marrazzo, del centro-izquierda, y sobre todo a Alessandra Mussolini. La nieta del
Duce
constituía una seria amenaza de dispersión de votos para la derecha.