A menudo, a los comentaristas de los medios se nos llena la boca lamentando el incremento de la insensibilidad social hacia la violencia como si hubiéramos llegado a un punto en el que la convivencia con ella resultara del todo natural. Para eso apelamos a la presencia de componentes violentos en el cine, la televisión, los videojuegos o la simple relación con los compañeros de trabajo, vecinos o miembros de la misma peña.
Por el contrario, hay días en que nos reconciliamos con nosotros mismos y sabemos que no todo está perdido. Bien es cierto que ocurre cuando reaccionamos a comportamientos más violentos de lo que estamos acostumbrados, pero bueno es que el umbral no se vaya flexibilizando y modificando al alza.
Esa es la sensación que podía experimentarse hace unos días en el centro de Valencia cuando, desde Santa Catalina hasta Vinatea, las calles aparecían tomadas por individuos con faldita escocesa y manga corta. Hay que advertir que en aquel momento aún no habían llegado los casi 30 grados de temperatura que vivimos en las últimas horas y, así, algo decía que los de la falda no eran habituales por estos lares. Ojo al dato: no era la falda lo que constituía el principal componente de ese pasatiempo que consiste en descubrir “las 5 diferencias” sino la manga corta. También, sin duda, su camiseta azul, sus graznidos abrazados a una jarra de cerveza cuando el cuerpo pedía un chocolate con buñuelos y sus cantares “en extranjero” como decía una señora en la plaza de la Virgen.
Se escuchaba un rugido por el centro que procedía de la concentración de falditas escocesas ajustadas a las posaderas de unos señores que ni David Delfín hubiera escogido para sus desfiles más provocadores en Cibeles. Lo reconfortante era que los ciudadanos vestidos de forma sosa y poco creativa, esto es, con abrigo y bufanda, miraban atónitos la escena. Voilà! Les extrañaba, les preocupaba y les hacía poca gracia pues las miradas iban de allí a las “lecheras” de la Policía Nacional que vigilaban por el rabillo del ojo. O sea, que no gustaba la situación.
Por eso puede decirse que la presencia de grupos de aficionados al fútbol con posibilidades de ser violentos o de desencadenar reacciones agresivas no es bien aceptada, algo que nos reconcilia tras asistir a comportamientos menos dignos en los campos de fútbol.