Uno de los hechos más abominables del siglo XX es la eliminación sistemática del ser humano, es decir, la racionalidad puesta al servicio del exterminio, de la destrucción del “otro”, del diferente: el judío, el homosexual, el discapacitado o el disidente.
Lo que espanta profundamente de los campos de exterminio nazis o de los “vuelos de la muerte” argentinos no es solo la brutalidad del asesinato y la impunidad del asesino estatal, sino la frialdad de quienes lo diseñaron y lo organizaron con el fin, consciente, de acabar con otros seres humanos de forma programada.
Por eso, una obligación histórica de toda comunidad es mantener el recuerdo de lo que nunca debe volver a permitirse pues supone la anulación de la condición humana. Así lo han defendido siempre los judíos vinculando “memoria” y “Holocausto” y así lo entendió hace unos meses la ONU cuando declaró el 27 de enero “Día de la Memoria del Holocausto”. No es gratuita la apelación a la “memoria” cuando se trata de un hecho tan grave que marcó la conciencia del siglo XX; la “memoria” es probablemente el mejor legado a las generaciones venideras. De hecho, ése fue el mensaje de la cancillera alemana, Angela Merkel, cuando visió el memorial del Holocausto en Jerusalén. Merkel escribió en el libro de firmas que “solo quien conoce el pasado tiene un futuro” y dijo sentirse avergonzada en nombre del pueblo alemán.
Por esa razón resulta tan preocupante que haya jóvenes, alejados del desgarro que produjo en sus antecesores la carnicería de la “solución final”, que se lancen insensiblemente hacia la diversión derivada de comportamientos crueles con los congéneres. Ejemplos de ello son los casos de violencia contra indigentes o compañeros de instituto para difundirlos por Internet. Lo grave no es solo el acto de agresión despiadada sino, además, la necesidad de mostrarlo. En una palabra: el querer presumir de abominable. La grabación y difusión de esas imágenes tiene una “banda sonora” compartida por los campos nazis, salvando las distancias: el progreso técnico puesto al servicio de la crueldad, los mayores avances de la razón humana usados para la denigración de la persona. El abismo entre ambos hechos es enorme pero también la conciencia de una parte de los jóvenes y la de quienes lo eran en el 45 ó en el 68.