Un avión Antonov expulsaba ayer por su culo el último barco de un sindicato de la Copa América, exquisito su diseño, insuperable la forma de su quilla, y la estampa nos recordaba al parto de un enorme insecto mecánico propio de una novela de ciencia ficción más en la onda de Asimov que de Philip K. Dick.
Mientras ese alumbramiento prodigioso cuajaba sobre la pista del aeropuerto de Manises, resurgía el campamento de la droga porque toda vanguardia tiene su retaguardia y toda luz va acompañada de su sombra. Desde el campamento de la droga, entre las cañas y la cochambre, entre los yonquis que pasean como los zombis de las pelis del maestro George A. Romero y las ratas que brincan porque están en casa, entre la desesperación y el chute y la pipa para fumar crack, podemos observar claramente las siluetas de las moles plantificadas en la avenida de las Cortes, con el esbelto Hotel Hilton presidiendo un conglomerado de ladrillos donde, en mi opinión, prima el mal gusto. El contraste no puede ser más feroz: los rascacielos contra un poblacho fabricado a base de lonas, plásticos, chatarra de sangre y cielo y los jirones de unas almas errantes que jamás conocerán la confortabilidad de un piso en las alturas o de un adosado con tres metros cuadrados de impoluto jardín. Valencia ya es una gran ciudad: recibimos sin problemas un avión que escupe por su retambufa un yate, algunos edificios alcanzan distancias de vértigo y, también, si nos descuidamos podemos pisar una aguja usada donde se concentra nuestra otra cara sucia, exenta de esplendor. Las grandes ciudades lo son por la rapidez con la que segregan su miseria. Ya ha resurgido el campamento de la droga.