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Martes, 28 de febrero de 2006
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editorial
Libertad de expresión y Fallas
Las primeras piezas de los monumentos falleros empiezan a ocupar las calles de Valencia. A veinte días de la cremà, el rito de la fiesta se pone en marcha, pero este año lo hace envuelto en una inexplicable polémica sobre la censura que se pretende imponer a una fiesta que tiene en la libertad de expresión uno de sus pilares fundamentales.

Incluso durante la dictadura, los artistas consiguieron satirizar, a través de sus ninots, instituciones y costumbres de la época, logrando eludir la férrea e implacable censura franquista. La llegada de la democracia trajo, como en todos los ámbitos de la vida ciudadana, nuevos horizontes para la expresión de los profesionales. Treinta años después del cambio de sistema, resulta difícil de entender que se suscite una controversia acerca de la conveniencia de fijar criterios previos de selección de las figuras que se llevan a la Exposición del Ninot, eufemismo utilizado por el concejal de Fiestas, Félix Crespo, para referirse a lo que habría que denominar lisa y llanamente como censura previa.

Ocurre, además, que la polémica coincide –en este caso, afortunadamente, con tintes nada trágicos sino más bien casi cómicos– con la de las viñetas de Mahoma. Esta circunstancia hace aún más incomprensible que en una ciudad avanzada, culta y cosmopolita, que prepara con entusiasmo la Copa América de 2007 y que ultima detalles para recibir al Papa Benecito XVI en el Encuentro Mundial de la Familia, se pueda llegar a plantear algún tipo de cortapisa a unos festejos que desde sus comienzos han contenido altas dosis de crítica social, política, cultural, económica y religiosa, sin que ello haya supuesto ningún tipo de problema ni para los artistas ni para las comisiones.

Los artistas tienen que sentirse libres para poder diseñar sus creaciones. Esa libertad implica que se pueden cometer errores, que algunas personas, incluso sectores sociales, pueden sentirse ofendidos, que en ocasiones se caerá en el mal gusto –siempre opinable– e incluso en la zafiedad. Pero esta no puede ser la excusa fácil para meter la tijera y acomodar el guión fallero a unos argumentos prefijados por los políticos de turno.

La fiesta fallera necesita, como cualquier actividad que se realiza en la vía pública, de la intervención y control de la Administración. Pero en lo que se refiere a la libertad de los artistas a la hora de crear los monumentos falleros, lo mejor que pueden hacer los políticos es mantenerse al margen y dejar que estos disfruten, como cualquier ciudadano, de un derecho fundamental consagrado por la Constitución española de 1978.




 
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