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Martes, 21 de febrero de 2006
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tribuna
¡Tú decides!
Estaba sentado en la playa tratando de disfrutar de la lectura; pero era inútil. A unos treinta metros, un niño, ante la indiferencia de su padre, se entretenía apretando una y otra vez el botón de la ducha. La dolorosa hemorragia acuil acabó por agotar las reservas de mi paciencia. Me levanté y fui directo hacia el padre tratando de contener mi indignación. Con toda corrección, le recordé que estábamos padeciendo una grave sequía y que no se debía malgastar agua. El hombre me ladró que él era de la Comunidad Valenciana –quizá se habría pensado que yo era un guiri– y que pagaba sus impuestos. Imposible dialogar; di media vuelta y regresé a mi sillita de playa con la conciencia tranquila. Desde allí escuché las bravatas de aquel infeliz que, en pleno retorno a la infancia, emulaba a su hijo apretando el botón.

Quizá les parezca evidente que este hombre no tenía derecho a derrochar agua impúdicamente, por muchos impuestos que pagara. Pero, pensémoslo más detenidamente, ¿por qué no? Al fin y al cabo era una ducha pública y no figuraba ningún cartel que restringiera su uso. Ni siquiera una de esas recomendaciones, con las que topo en los lavabos de mi Universidad, en las que se aconseja consumir agua responsablemente con un curioso “¡tú decides!” de apostilla.

Lo cierto es que, por extraño que parezca, la actuación de este hombre respondió a una idea bastante generalizada en nuestros días, según la cual todo lo que no está explícitamente prohibido, está permitido; y si está permitido quiere decir que se tiene derecho a hacerlo. La libertad individual goza así de las máximas garantías, pues la única fuente de la que podría emanar un deber jurídico serían las normas coactivas provenientes del poder público. Más allá, sólo quedaría la bienintencionada apelación al “¡tú decides!”, que parece remitir a una instancia moral que actuaría como coto vedado frente a las injerencias de quijotes cívicos o buenos samaritanos, impertinentes en cualquier caso. No es que la moral haya desaparecido del horizonte, entiéndase bien, sino que se ha ido privatizando. Uno topa con diversas concepciones morales a las que puede adscribirse sin tener que dar explicaciones a nadie. Este fenómeno hace que, más allá de lo que prescriben las leyes, la sombra de la anomia se extienda por la vida colectiva. Así se explica que en el cartelito del lavabo no se utilice un imperativo como “¡ahorre agua!”, plenamente justificado, y se opte por el políticamente correcto, “¡tú decides!”.

La privatización de la moral constituye un fenómeno complejo que, sin duda, obedece a diversas causas. Quizá sea Kelsen (1881-1973) uno de los autores que más ha contribuido a potenciarlo, al ligar relativismo moral y democracia. Este filósofo del derecho sostuvo reiteradamente que la asunción de una determinada concepción moral como absolutamente verdadera representa un riesgo para la democracia. De este modo, cabría pensar que un buen demócrata es aquel que en su casa dice lo que piensa, pero que, consciente de que no hay verdades absolutas, renuncia a convencer a nadie. Por ello, no es casualidad que, en un alarde de mistificación, nos encontremos con que alguien que no ha renunciado a sus convicciones y, además, osa exponerlas y defenderlas argumentalmente con energía, pueda ser hoy tachado de fascista.

En definitiva, dada la privatización de la moral a la que asistimos, fácilmente se podría llegar a la conclusión de que, al levantarme de la silla e ir a cantar las verdades del barquero a aquel hombre, actué de manera intolerante; nada menos que consideraba absolutamente malo lo que estaba haciendo, y pretendía convencerle de que renunciara a su acción. Intolerable; aquel era un genuino demócrata que pagaba sus impuestos sin meterse en la vida de los demás. Además, con su referencia a los impuestos me estaba recordando que sólo mediante una norma clara, elaborada democráticamente, se podría haber prohibido el uso ad líbitum de la ducha. En fin, quizá les parezca excesiva mi irónica autocrítica: ¡ustedes deciden!




 
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