El genial Beilly Wilder tuvo un estrepitoso fracaso en la taquilla con una película tan demoledora como recomendable titulada
El gran carnaval
, con Kirg Douglas pletórico y un argumento que diseccionaba minuciosamente el periodismo amarillo y la carga de potente cinismo que le acompaña. ¿Por qué una obra tan redonda y contundente espantó al público de las salas cinematográficas? El propio Wilder comentaba que si los espectadores le habían dado la espalda a ese film era porque éste era malo y no convenía buscar mayores explicaciones, pero esto era falso y él lo sabía. Cuando los entrevistadores insistían sobre este tema, alegaba que quizá se había pasado con la dosis de amargura que destilaba esa historia que, además no mostraba un final feliz, sino todo lo contrario. De todas formas, el cineasta concluía que el público, esa masa sin cara de la cual depende el trabajo de los creadores, seguía siendo un misterio, y que averiguar sus gustos, sus preferencias, era una misión imposible.
En efecto, resulta tan difícil descubrir el motivo que lleva al éxito o al fracaso de ciertas empresas artísticas. Hallar esa varita mágica equivaldría a destripar el secreto de la piedra filosofal... Y por ejemplo, ya que estamos, ¿por qué la Bienal se diluye y cosecha una repercusión tirando a escasa y en cambio al festival VEO aumenta con cada edición su prestigio y su popularidad? Ambos tinglados buscan el reconocimiento de los ciudadanos, su participación, alegrar la ciudad, ofrecer algo diferente que rompa nuestra rutina, pero alcanzando este punto, observamos que el VEO (Valencia Escena Oberta) vence por goleada. Desde luego, las preferencias del respetable siguen siendo un misterio, pero es de justicia reconocer que el actor Toni Cantó y su equipo se lo están muy bien desde un presupuesto donde, frente a otros disparates, prima la sensatez y la contención. Todo triunfo contiene cierta casualidad, puede ser, pero sin un trabajo serio detrás, este jamás aterriza desde la luna. Sólo cuatro ediciones del VEO han conseguido consolidar este certamen donde el teatro, y esta es una de las grandes ideas del VEO, toma la calle, si quieren en aquella acepción de Fraga (“la calle es mía”), pero en mucho más molón. Si la gente prefiere el hipnótico televisor y el confortable sofá antes que mover el culo y trasladar la osamenta al teatro, incrustemos las actuaciones en plena calle, a la luz del día, para sorprender al peatón que deambula. A la gente no se le despierta la sensibilidad mediante la queja y el lloriqueo, tan habituales por cierto entre las viejas glorias teatrales, sino proponiendo nuevas y audaces fórmulas que sacudan siquiera un poco sus entrañas. Quebrando la norma del teatro fabricado en un recinto cerrado, el VEO escapa de las tinieblas y se convierte en una parte viva de la ciudad. Fantástica la idea de planificar la carcasa de un avión en la plaza del Ayuntamiento, como reclamo y como espacio escénico. Y como algo tendrá que ver en todo esto la dirección de Toni Cantó, por lo tanto, no seamos cicateros a la hora de reconocer los méritos y aplaudamos a un actor que no sólo ha demostrado su solvencia sobre las tablas, sino también en los resbaladizos terrenos de la delicada gestión.
Toni Cantó es ese chico escandalosamente guapo de mamdíbula perfecta, cuadrada, viril, que se podía haber estancado en eso precisamente de ejercer de chico guapo, porque lo de ser chico guapo o chica guapa, en una sociedad donde se premia la hermosura y donde la estética obsesiona a tantas personas, adquiere categoría y rentabilidad casi de oposición ganada.
Y si a las chicas guapas se les supone una debilidad mental congénita, estigma que yo creo erróneo, pues jamás conocí una guapa tonta (otra cosa es que se hiciesen las bobas cuando les interesaba), a los hombres guapetones se les suele acusar de frívolos, de maricas, de memos y de un sinfín de pecados inconsistentes porque nuestro residuo de cavernícola feucho todavía yace en nuestro estómago y no podemos soportar el físico rotundo de otro hombre. La verdad, en uno y otro caso es que la belleza nos fastidia de entrada porque la envidia nos corroe, qué le vamos a hacer.
Pero Toni Cantó, aunque se empeñase en partirse la cara jugando al rugby, deporte en el que se inició en el Liceo Francés, aunque recibiese descargas de celos afilados como cuchillas de afeitar desde varios sectores, preparándose a conciencia pues siempre supo que la cara podía ayudar a principio, pero que sin un poso consistente, el batacazo sería inevitable.
Nadie le regaló nada, y hoy, por fin, además de gozar de un prestigio consolidado cimentando su trabajo sobre todo en el teatro y la televisión, casi podríamos decir que es profeta en su tierra ¡y mira que esto es raro en Valencia!
Por otra parte, qué extraño encontrar un miembro de la farándula del cual apenas conocemos briznas de su vida privada... Porque uno, a estas alturas, desconoce si Toni Cantó está soltero, ennoviado, casado, separado, divorciado, amancebado, arrejuntado, machihembrado o qué. Aunque no lo deseásemos, a todos nos han llegado ondas estos días sobre el extraño caso de una señora llamada Raquel Mosquera, a la cual, según parece, las neuronas se le han trastabillado así en una especie de loca montaña rusa. ¿Y a qué se dedica la buena de doña Raquel? Pues creo que a la peluquería y pasear sus mollas por los programas de casquería. Ah, qué cosas. Por eso, en país de compra y venta, de tiparracos y meretrices camufladas dispuestas a comercial con sus intimidades rijosas y abstrusas, se agradece que un actor se dedique a lo suyo sin pespuntear su existencia de menesteres de mesa camilla y calzón quitado.
Toni ha sabido preservar su privacidad con uñas y dientes, ganando además la batalla ante los huelebraguetas del ramo.
Un respeto, pues, y que el teatro continúe inundando nuestro asfalto gracias al VEO.