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Sábado, 11 de febrero de 2006
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tribuna
¿Tiene Dios sentido del humor?
Vaya por delante el convencimiento de que las caricaturas no han sido sino la excusa para todo este brote de violencia contra Occidente. Los radicales violentos no piensan, no sopesan, no analizan sino que gustan de la fuerza bruta y sólo buscan la ocasión, por mínima que sea, para usarla.

De un tiempo a esta parte el ejercicio de la libertad de expresión genera gran número de noticias. En Turquía, el escritor Orhan Pamukse se enfrenta a penas de prisión por unas declaraciones en las que afirmaba que en Turquía habían sido asesinados miles de kurdos y de armenios; en España, el informe del Consejo del audiovisual de Cataluña en relación con las emisiones de la COPE ha levantado muchas ampollas. Ahora Occidente asiste atónito a la desmesurada reacción del mundo musulmán por la publicación de unas caricaturas de Mahoma.

Estas caricaturas abordan, de forma simplificada y satírica y como toda sátira, provocadora, uno de los asuntos que más preocupan a la sociedad europea cual es el terrorismo islamista. Los periodistas/caricaturistas daneses puede que no hayan estado afortunados pero su intención no era ofender gratuitamente sino exponer con cierto animus jocandi , unos hechos que están ahí: los terroristas islamistas se inmolan en nombre de Alá y es una realidad que importantes líderes religiosos musulmanes reclutan muyahidines dispuestos a inmolarse en nombre de su Dios. Es una simplificación como lo sería mostrar a un Dios cristiano terrorista por existir el IRA pero se enmarcan en el debate público en el que la libertad de expresión goza de los más amplios márgenes de ejercicio. Este derecho, recordará el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, protege la crítica que molesta, choca o inquieta amparándose, incluso, la provocación y la exageración. Sin embargo, ni aun con estos antecedentes, podemos afirmar que sea absoluto y los sentimientos religiosos son uno de los límites con los que se enfrenta.

Se trata de una cuestión de tolerancia.

Tolerancia en sentido débil como soportar aquello que nos molesta. La reacción que han suscitado hechos que muestran que los musulmanes tienen una tolerancia muy baja ante ataques a su religión. No es una cosa nueva pues Salman Rushdie la sufrió en sus carnes con la publicación de sus Versos Satánicos . Hoy, los cristianos tienen un umbral de tolerancia mucho más elevado y no se detectan violentos focos de integrismo religioso. Allí están Martin Scorsese con la Última tentación de Cristo , Saramago con su Evangelio según Jesucristo mostrándonos a un Jesús unido a María Magdalena o, incluso, las imágenes de Carod-Rovira coronado de espinas en Tierra Santa que, en todo caso, no hicieron más que suscitar alguna que otra protesta de baja intensidad. Y digo hoy porque en un pasado las cosas no fueron así: Inquisición, herejías, hogueras, torturas... forman parte de la historia de la Iglesia afortunadamente superadas.

Y tolerancia en sentido fuerte como respetar aquello que no se comparte. Con esas caricaturas los periodistas daneses demostraron poco respeto, escasa sensibilidad hacia los símbolos religiosos propios del islam.

Con lo cual tenemos la conjunción de una escasa tolerancia en sentido débil por parte del mundo musulmán con una escasa tolerancia en sentido fuerte por parte de los periodistas/caricaturistas daneses. Resultado: el que asistimos estupefactos.

El gran error fue considerar que el grado de tolerancia que en Occidente se permite a la crítica a símbolos, dogmas o líderes del cristianismo es el mismo que el mundo musulmán permite a la crítica al Islam, lo que no es cierto pues éste tiene otra escala de valores.

En una sociedad multicultural, los periodistas han de tener presente que el ejercicio de este derecho entraña deberes y responsabilidades, y entre ellos está no ofender gratuitamente ni alentar reacciones xenófobas o racistas presentando a la religión musulmana como violenta. No ha de confundirse la parte con el todo. La inmensa mayoría de los musulmanes ha manifestado su rechazo con la palabra, sólo una parte, los más radicales lo han hecho con el recurso a la violencia. La palabra se combate con la palabra, no con la fuerza.

Nos movemos en un terreno sinuoso en el que es difícil, si no imposible, fijar reglas claras. Como ha reconocido el TEDH en el caso Wingrove , los países europeos no tienen una concepción uniforme de las exigencias referentes a la protección de los derechos de los demás tratándose de ataques contra las convicciones religiosas. Lo que puede ofender gravemente a las personas de una determinada creencia religiosa varía enormemente en el tiempo y en el espacio, y especialmente en nuestra época caracterizada por una multiplicidad creciente de creencias y confesiones.

Por ello, sin renunciar al libre ejercicio de este derecho, pieza clave de las democracias, se han de evitar ofensas innecesarias que susciten reacciones como las vistas retroalimentadoras en Europa del fantasma del fascismo que encuentra en acontecimientos como este y como la quema de coches en Francia sus mejores aliados para fortalecerse. Los fenómenos de intolerancia amenazan las sociedades democráticas y a sus valores fundamentales destruyendo las bases de la construcción europea. Advertía Popper que “si concedemos a la intolerancia el derecho a ser tolerada, destruimos la tolerancia, y el Estado constitucional”. Evitar que la intolerancia se convierta en una hidra imposible de detener es tarea de todos, de los periodistas que han de medir sus expresiones para evitar consecuencias no deseadas pero también de los que son objeto de crítica que han de comprender que en una democracia todo o casi todo puede ser objeto de ella. Es difícil lograr un justo equilibrio entre la libertad de expresión de los periodistas europeos formados y educados en la cultura occidental y, por lo tanto, poco conocedores del mundo musulmán y los sentimientos religiosos de la población musulmana; pero hay que hacer esfuerzos, unos y otros, para alcanzarlo. Por ello es de aplaudir que el diario danés que publicó por primera vez las caricaturas, el Jyllands-Posten , pida disculpas por su falta de sensibilidad.





 
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