Aun día del comienzo de los Juegos de Invierno de Turín, del 10 al 26 de febrero, en Italia no se siente ninguna sensación especial. La capital de Piamonte queda allá arriba en los Alpes, casi pegando a Francia, y apenas ha habido bombardeo publicitario previo. Si acaso, se han seguido las peripecias de la organización a través de sus numerosos problemas. Por otro lado, cierta frialdad institucional hacia este acontecimiento –con recortes de financiación desde el Gobierno central– ha aumentado aún más la noción de que es algo que Turín está organizando a su aire, con su proverbial laboriosidad, como un empeño particular.
En parte es cierto. La antigua capital industrial de Italia, bajo el emblema de la FIAT, ha debido reinventarse como ciudad de servicios y cultura tras una larga crisis económica. El declive del imperio de los Agnelli contagió a toda la ciudad con un síndrome de decadencia que sólo se ha sacudido en los últimos años. En este ambicioso proyecto de transformación los Juegos son el punto culminante. Turín es elegante y discreta, pero debe compensar con tesón e imaginación el tirón turístico de gigantes como Roma o Florencia, que se venden solas.
El camino no ha sido fácil. Lo demuestra simbólicamente la propia odisea de la antorcha olímpica, boicoteada en decenas de localidades por manifestaciones de protesta de todo tipo. Nunca hasta ahora se había apagado el fuego sagrado a mitad de recorrido, como ocurrió en Génova, ni habían robado la llama, como ha sucedido en Trieste. Del mismo modo, la venta de billetes ha ido mal. A un mes de los Juegos, varios diarios de EE.UU. ya proclamaron por anticipado el fracaso de público de Turín porque sólo se había vendido el 60% de los billetes, 600.000 sobre un millón.
Quebraderos de cabeza
Para entonces, en Nagano 1998 se habían despachado el 89% de las entradas, y en Salt Lake City 2002, el 95%. Sin embargo, en Italia es normal dejar las cosas para el último momento y el dato oficial del pasado viernes habla ya de 700.000 entradas vendidas. Turín 2006 confía en la improvisación final del público italiano y la gran tradición nacional en los deportes de nieve, pero habrá que verlo. Esserci è un’altra cosa (estar allí es otra cosa), dice la publicidad.
El dinero ha sido uno de los grandes quebraderos de cabeza del TOROC, el comité organizador. Hasta hace dos semanas, cuando por fin se aprobaron sus cuentas, este órgano ha corrido el riesgo de ser intervenido. En octubre de 2004 se descubrió un agujero de 180 millones de euros y Silvio Berlusconi, en una maniobra que desautorizó a todo el comité organizador, impuso un comisario propio, Mario Pescante. A raíz de ello, a un año de los Juegos, dimitió el entonces presidente del TOROC, Valentino Castellani, aunque luego volvió a su puesto.
El comité olímpico italiano, el CONI, también ha tenido sus roces con la organización e incluso desertó de la presentación de las mascotas, que por lo demás, a día de hoy, son unas completas desconocidas para la mayoría de los italianos.
Luego están las obras faraónicas con retraso. Turín ha vivido resignadamente en el caos desde hace cuatro años y algunos proyectos están a medias, como el aparcamiento de la plaza Vittorio, en pleno centro, o el metro, inaugurado el sábado sin terminar. Por no hablar de la autopista Milán-Turín, con doce tramos en obras y convertida en una trampa para los automovilistas. Casi dos horas para hacer 125 kilómetros.
Aún así, la Agencia Torino 2006, encargada del conjunto de los trabajos, ha cumplido casi todos su deberes: se han construido seis estadios de hielo, diez villas olímpicas, cinco pistas de esquí, doce instalaciones de remonte y diez sistemas de nieve artificial. Los Juegos contarán nada menos que con 830 cañones, porque, en el colmo de los males, Turín llega a la cita casi sin nieve. El 7 de enero el inspector de la federación internacional de esquí, Helmuth Schmalzl, dio la voz de alarma y denunció el peligro de algunos tramos. Pero la última visita del comité olímpico certificó que se había solucionado: en 450 kilómetros de pista, el 90% será artificial.
Pero ninguno de estos inconvenientes preocupa tanto como el riesgo de un atentado. Italia se siente el objetivo del próximo gran ataque en suelo europeo. Además, celebrará sus elecciones generales en abril. El Gobierno italiano desplegará 15.000 agentes, seis por cada deportista, para vigilar Turín.