En la polémica por las viñetas de la discordia, hay dos hechos imposibles de obviar: el primero, que el terrorismo busca la excusa después de haber decidido matar. El segundo, que el ser humano es un ser religioso y esa condición es una de las más profundas de su naturaleza.
La primera afirmación parece olvidarse con frecuencia en España cuando se analiza el terrorismo desde la clave política intentando que encaje en una determinada interpretación coherente de la realidad cuando lo cierto es que el terrorista busca hacer daño a inocentes y eso, en una sociedad democrática, no hay ofensa previa que lo justifique. Un ejemplo reciente es la atribución de culpas al gobierno Aznar con motivo de la matanza del 11-M, justificada, según ese intento por “explicar” lo inexplicable, por la intervención de España en Irak. El error es mirar con benevolencia al “activista”, una benevolencia que consiste en esperar una explicación a su barbarie. El terrorismo mata; luego, busca la razón. No al revés.
Por tanto, si hay extremistas que pretenden dañar a Occidente tras la publicación de las viñetas en la prensa danesa, ello se debe a que ya querían hacerlo antes de ahora. Lo que tienen, en estos momentos, es una excusa que revierte la culpa hacia las propias víctimas.
La segunda afirmación también se ignora cuando se pretende hacer como que no existe una dimensión trascendente del ser humano que ha de ser respetada porque así lo exige su propia dignidad, no por miedo a las represalias de los extremistas.
La insistencia de Occidente en eliminar el factor religioso de la vida social desde el desprecio, puede incrementar la falta de aprecio por esa dimensión humana de modo tal que, sistemáticamente, prevalezca la libertad de expresión sobre el respeto a las creencias en lugar del equilibrio necesario.
Quien difunde un vídeo donde se cocina un crucifijo o publica una viñeta riéndose de Mahoma no puede ser ajeno a la existencia de comunidad que exige respeto hacia sus símbolos sagrados, sobre todo, cuando se sacralizan otros elementos de la “religión pagana” y no se permiten, como no podía ser de otra forma, chistes sobre colectivos desfavorecidos, víctimas de injusticias o personas con problemas. Si Occidente exige al Islam que acepte sus reglas del juego, quizás también Occidente tenga que asumir algunas pautas que ha intentado eliminar durante un par de siglos.