El caso de Francisco Roig Espert es sólo uno de tantos que están registrándose de manera silenciosa, casi anónima, en la agricultura de la Comunidad. Sólo que Francisco ha tenido el arrojo de dar a conocer sus circunstancias para explicar lo que comienza a ser
vox pópuli
en los pueblos: que resulta conveniente dejar incultos los campos para no seguir perdiendo dinero.
Francisco Roig ha escrito al conseller de Agricultura y al presidente de la Asociación Valenciana de Agricultores comunicándoles que ha tomado la drástica decisión de dejar de cultivar sus parcelas de cítricos, situadas en Benifairó de Les Valls, porque su modesta economía ya no puede resistir la penuria de un hundimiento que el considera generalizado y, lo peor, sin esperanzas.
El abandono del cultivo de sus campos, en los que producía hasta ahora clementinas y naranjas, se ha concretado también en el envío de cartas a los presidentes de seis sociedades de pozos, que suministraban el agua de riego a sus parcelas, para que estas dejen de ser regadas en adelante. Ha sido una orden definitiva, tanto para los campos que están a goteo como los que se regaban por el método tradicional de ‘a boquera’. Espita cerrada para todos; no más pérdidas.
70 hanegadas en buen sitio
Además ha comunicado formalmente su decisión en instancias administrativas, ‘‘por si fuera necesario algún día demostrar que se trata de tierra que ya no produce nada’’. Posiblemente esta medida sea recomendable a efectos fiscales futuros.
Son unas 70 hanegadas, en sitios –explica– donde no hiela nunca; pero ya me he hartado de perder dinero, no puedo continuar más con algo que no tiene remedio’’.
Sus hijos se lo venían diciendo estos últimos años: ‘‘Déjalo estar, porque crecen los gastos y cada vez te pagan menos por la cosecha’’, pero él, como tantos miles y miles de citricultores apasionados, siguió víctima de una ilusión que se lleva marcada en la piel, que corre por las venas: ‘‘A ver si el año que viene...’’ Pero la campaña siguiente era peor, y para colmo, el remate de la helada del año pasado y el desinterés comercial posterior por sus clementinas de esta temporada.
Al final no ha podido hacer más que reconocer la realidad y darles la razón a hijos y amigos que le indicaban lo que era evidente.
Ha sido un final que él mismo reconoce que ya profetizó décadas atrás. Había leído mucho sobre la citricultura de otros países, estudió técnicas de cultivo, variedades, hábitos..., tratando de comparar, de mejorar..., y llegó a entender que la evolución de las cosas abocaría a la triste realidad del momento. Sólo que ha sido una lenta evolución, una suave caída por la pendiente, algo más rápida en el tramo final.
Pérdidas desde el año 2000
El año 2000 fue el de la inflexión. Hasta ese momento aún ganaba dinero, pero hace cinco campañas quedó a la par. En la siguiente fue peor: ‘‘Perdí medio millón de pesetas, y un millón al siguiente, y un millón y pico en el 2003, y así sucesivamente’’. De modo que ahora, a la vista de las malas perspectivas, se ha plantado. ‘‘Lo que no puedo hacer es que el campo se me coma el dinero de mi pensión; al menos, ahora viviré de ella, sin tener que repartirla más, pagando abonos y jornales’’, señala.
Francisco es de Alginet, aunque ahora vive en Valencia capital, y sigue yendo a su pueblo dos o tres veces por semana, manteniendo un contacto directo con familiares y amigos. En su pueblo fue además secretario de la Acequia Real del Xúquer durante 40 años.
En Alginet tenía también tierras, otras 70 hanegadas, pero tuvo que venderlas hace tiempo, cuando se encontró con necesidad de generar liquidez económica. Eran ya los síntomas de la decadencia del sector que el mismo vaticinaba, la muestra más palpable de que la producción citrícola no daba para cubrir presupuestos familiares algo fuera de lo ordinario, que en otras actividades contarían con medios económicos para satisfacerlos sin problemas.
Primero fue cuando tuvo que plantearse la educación de los hijos y, naturalmente, eligió vender campos para financiar la enseñanza superior. Más tarde también tuvo que vender para poder hacer frente a los gastos médicos de una grave enfermedad de su esposa.
Precursor del no cultivo
Y por si alguien tiene dudas de la capacidad profesional de Francisco Roig como citricultor, cuenta que fue precursor de las técnicas de ‘no cultivo’, hace casi medio siglo.
El ‘no cultivo’ supone sustituir el tradicional laboreo de la tierra con la aplicación de herbicidas para eliminar la vegetación de plantas no deseadas. Roig se enorgullece de haber sido pionero en ello y dice que ‘‘es un honor’’ haber abierto camino, a pesar de que hoy no le sirva a el mismo para nada.
Todo un esfuerzo que al final queda con la íntima decepción, no sólo por la peripecia personal que acaba con un desenlace no deseado, sino, de modo especial, por la convicción de que ‘‘por este camino, acabaremos perdiendo las mejores naranjas del mundo, las valencianas’’.