Pues a mí, lo que más me molesta de todo ese lío del Estatuto de Cataluña es lo del doblaje. Sí, porque las emisoras de radio de Madrid, cuando salen los Artur Mas, Durán, Maragall, Carod y compañía, como hablan en catalán, que en Madrid es como si fuera extranjero, pero ahora es extranjero del bueno, les doblan en castellano-español, para que les entiendan los españoles que no saben catalán, que ya veo que el empleo de traductor de catalán-castellano va a tener buena demanda.
Pero a mí esto me pierde, porque resulta que los de las emisoras tienen la mala costumbre de poner la voz en off del traductor apenas un puntito de fuerte por encima de la del político que está recitando en vernáculo, no sea que este se moleste, y yo, que sí que entiendo lo que dice, porque mi vernáculo es el valenciano, tiendo a fijarme más en lo que explica, cuando lo que está ocurriendo es que el intérprete pone todo su fulgor para sobreimpresionar con su voz la del traducido, y ambas se entrecruzan en un galimatías, porque, queriéndome fijar en una, voy de esta a la otra, y acabo por perderme la sustancia del mensaje, si es que la había.
Debe ser por una especie de mala conciencia de alguien que habrá dado la primera orden –y los demás siguen la pauta– pero fíjense en una cosa: cuando salen Blair o Chirac, un suponer, los de control de la radio hacen lo que toca: dejan su voz inglesa o francesa en un clarísimo segundo plano, como musiquilla de fondo, y la del traductor emerge entonces con toda la fuerza que el castellano-oyente reclama. Si saliera Ibarretxe, por ejemplo, hablando en euskera y traducido, no me pasaría eso, porque, al no entenderle ni mu, me fijaría sólo en lo traducido y ya está. El problema surge cuando entiendes a ambos y, por ir de aquí para allá, acabas en nada. Me ocurre con los catalanes y también cuando sale Touriño falando en galego, porque también le capto en directo.
Ahora, que el colmo es cuando les subtitulan en la tele. Mira que he huido de las películas subtituladas, que ya pueden decir que son fetén en su versión original, pero a muchos no nos molan, las queremos dobladas. Pero no, aquí, en vez de doblar a los políticos catalanes, como en las radios, les ponen subtítulos, y ellos, como lo saben y les gusta, porque queda más en plan personaje interesante y con mucha razón, pues insisten. Y aquí estamos aguantando la moda inquietante, cuando ya hace lustros que dejamos atrás aquel coñazo del cine de arte y ensayo. Porque aguantar subtítulos en el Xerea tenía su motivo, para intentar ligar después con lo último del cine checoslovaco, pero lo de ahora parece a veces de una de los hermanos Marx.