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Sábado, 21 de enero de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
EL INVENTO DEL MALIGNO
Gavilanes
Antena 3 cerró esta semana la emisión de Pasión de gavilanes , culebrón vagamente centroamericano cuyo éxito lo ha convertido en argumento casi monográfico de esa cadena. Para despedir adecuadamente al ‘fenómeno’, Antena 3 pasó el capítulo final al prime time del jueves, donde barrió: 5,3 millones de espectadores. Clara muestra del ‘gancho’ que han llegado a desplegar los protagonistas sobre una ancha porción del público. Esos chicos, los protagonistas, Baptista y Brown, no son propiamente actores: son rostros o, mejor dicho, cuerpos, que la explotación comercial del producto convierte en soportes publicitarios, de tal modo que lo más importante no está en la historia que cuenta, sino fuera de ella, en las comparecencias de magacín más o menos ‘rosa’, en los baños de multitudes, en los anuncios de esos “conocidos grandes almacenes” a los que todo el mundo se refiere para no decir El corte inglés.

Hay que tener en cuenta esta cualidad comercial del producto para entender que cada capítulo es un aparatoso despliegue de anuncios que, a veces, parece ocupar más tiempo de pantalla que el propio culebrón. Es que Pasión de gavilanes funciona precisamente en ese registro: aquí el culebrón no es un género narrativo, aquí la telenovela no es una artesanía audiovisual, sino que todo gira en torno a la explotación comercial. Buena parte del negocio consiste en ser capaces de despertar un acentuado fenómeno ‘fan’: hace falta que mucha gente se reconozca en los iconos, incluso si se trata de un reconocimiento irónico.

¿Queda claro que elogiamos el éxito comercial de Pasión de gavilanes ? Bien. Ahora podemos añadir que, desde los puntos de vista estético, narrativo e interpretativo, es una de las historias más grotescas que hemos visto. Y debemos subrayar lo del punto de vista estético, porque pocas veces se ha podido ver en España una puesta en escena tan hortera. Esa secuencia final, con dos señoritas subidas en un escenario, resume con gran eficacia el espíritu de la serie: las dos mozas lucen sendos bikinis de color marrón; en las piernas, perneras de cuero; en la cabeza, sombrero cow-boy ; el conjunto se contornea bajo el impulso de la música como en una coreografía de sexualidad elemental. Pero reflexionemos: ¿Es tolerable ponerse un bikini marrón?



 

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