La paz necesita personas que trabajen por ella, que sean auténticos agentes de paz. La verdad de la paz se hace presente mediante el esfuerzo y el compromiso de las personas que quieren vivir y actuar de un modo verdaderamente humano. Benedicto XVI nos indica a lo largo del Mensaje de la Paz de este año quiénes son los constructores de la paz.
En el desarrollo del derecho internacional humanitario trabajan de un modo singularmente valioso los soldados «empeñados en delicadas operaciones para controlar los conflictos y restablecer las condiciones necesarias para lograr la paz». Resulta conveniente un recuerdo agradecido a quienes, en expresión del Concilio Vaticano II, “destinados al servicio de la patria, se encuentran en el ejército”, ya que “deben considerarse a sí mismos como servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos, y mientras desempeñan correctamente esta función, contribuyen realmente al establecimiento de la paz”.
Trabajan por la paz quienes realizan labores políticas y diplomáticas que permiten la reducción de los conflictos armados y de la violencia. Benedicto XVI saluda con esperanza los pasos que se van dando hacia la paz, aunque sean muy tímidos, tanto en Palestina, como en algunas regiones de Asia, África y América. Son verdaderos agentes de paz las autoridades que rechazan de plano el fomento en sus ciudadanos de sentimientos de hostilidad hacia otras naciones. Por el contrario, cultivan la violencia quienes reabren viejas heridas, azuzan resentimientos y replantean agravios y pleitos de generaciones pasadas.
Mención especial merecen los que denuncian a los gobiernos que se apoyan en armas nucleares para garantizar la paz de su país. Benedicto XVI señala de modo tajante que “en una guerra nuclear no habría vencedores, sino sólo víctimas”. La carrera de armamentos encuentra en las armas nucleares su más funesta expresión, pero no es la única. El Santo Padre, en unión a lo que han venido señalando Pablo VI y Juan Pablo II, propone la necesidad de volver a proponerse acciones que hagan posible de modo progresivo y concordado un desarme no sólo nuclear, sino todo aquello que amenaza el derecho a la paz que es propio de cada ser humano y de cada pueblo.
Hay que denunciar la doble moral de los países productores de armas, entre los cuales nos encontramos, al igual que otras potencias de la Unión Europea, que quieren aparecer como abanderados de la lucha contra la pobreza, al mismo tiempo que venden armas a países en vías de desarrollo.
Aquí se encuentra la razón más evidente de la debilidad de los países desarrollados a la hora de promover en el mundo una paz estable y verdadera. Siguen siendo cuantiosos los recursos destinados a la investigación y a la producción armamentista, y sigue siendo un escándalo irreparable que esos recursos se hurten a la ayuda al desarrollo. Son innumerables los ciudadanos que comparten el deseo de un orden internacional justo, en el que la Organización de las Naciones Unidas llegue a ser “un instrumento cada vez más eficiente para promover en el mundo los valores de la justicia, de la solidaridad y de la paz”.
La Iglesia —concluye Benedicto XVI— quiere prestar un servicio indispensable a cuantos se dedican a promover la paz y por ello les recuerda que su acción y sus convicciones se apoyan en la roca más firme: la de la verdad de Dios y la de la verdad del hombre. El Santo Padre nos anima a descubrir que cuando escuchamos el Evangelio “aprendemos a fundamentar la paz en la verdad de una existencia cotidiana inspirada en el mandamiento del amor” e invita a cada comunidad “a una labor intensa y capilar de educación y de testimonio, que ayude a cada uno a tomar conciencia de que urge descubrir cada vez más a fondo la verdad de la paz”.
Son estas verdades las que se tienen que descubrir desde los primeros momentos del desarrollo de un ser humano, porque impregnarán decisivamente su vida. El V Encuentro Mundial de las Familias en Valencia está llamado a unirse al Santo Padre en su petición para que podamos legar un futuro más sereno y más seguro a las generaciones venideras.
Con mi bendición y afecto.