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Sábado, 21 de enero de 2006
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Tercer Domingo Ordinario
Caduca la configuración de este mundo
Se ha cumplido el plazo. No es un ultimátum sino una buena noticia: está cerca el Reino de Dios. Hay posibilidad de cambiar de sistema, de darle una nueva configuración a la existencia humana, es posible integrarnos en el Reino de Dios. Una sola condición lleva consigo esta posibilidad: convertirse y creer en el evangelio.

Sin esa adhesión a la nueva propuesta de vida humana que nos hace el evangelio no es posible librarse de la destrucción a la que está destinada la configuración de este mundo. Es un final de vida humana rematadamente sin sentido, sin futuro alguno más allá de la caducidad del tiempo y del espacio, que nos toca vivir. Ningún verdadero profeta, ningún enviado de Dios, desconoce que este mundo carece de sentido a menos que se convierta y viva, es decir a menos que cambie de configuración.

Esa es la predicación de los profetas que se cumple en el evangelio. Esta advertencia de la caducidad del mundo no es para arruinar al mundo, sino para que cambie su configuración, para que se convierta y viva. Eso es lo que pareció no entender en su momento el profeta Jonás, cuando se lamentaba al ver que Dios, viendo que los ninivitas se convirtieron de su mala vida, se arrepintió de la catástrofe con que había amenazado a Nínive y no la ejecutó.

Dios perdona incluso a los grandes enemigos de su pueblo; sólo quiere de ellos que se conviertan y vivan. No les abandona a su fatal destino y por ello envía a su profeta para que conozcan el camino de la vida. Lo que fue un anuncio permanente de los profetas, se hace ahora realidad histórica; el momento es apremiante, se ha cumplido el plazo. Es hora de tomar decisiones y cambiar de mentalidad, abandonar la falta concepción de la existencia y afrontar la vida en su dimensión nueva: la que introduce Cristo con la predicación del evangelio.

La buena nueva es esa, que el mundo ya no está llamado a desaparecer, sino a integrarse en el proyecto salvífico de Dios. Esa tarea no es fácil y requiere el coraje de decir sí a la verdad y no a la mentira. Hasta ahora, la configuración de este mundo estaba abocado a la desaparición, pues seguía su propio criterio que no tenía más garantía que su propia caducidad; en cambio el criterio de Dios no está sometido al espacio y tiempo, sino que los domina y les supera sorprendentemente desde la trascendencia.

La única solución de evitar el fracaso definitivo de una existencia humana es conectarla vitalmente con Dios sin necesidad de destruirla, basta configurarla de nuevo. Esa es la verdadera conversión que requiere el evangelio. Resulta una auténtica cobardía huir de esa propuesta evangélica y echarse a dormir en lugar de rezar. La dificultad por comprender a palabra de Dios, por entender el mensaje del evangelio, no tiene que alejarnos de un Dios que continúa a nuestro lado a pesar de nuestra rebeldía. Es mucho más rentable atender a su llamada y reiniciar nuestra vida.



 

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