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Lunes, 9 de enero de 2006
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Valencia
La madurez como elogio
Odia el dios caviloso –escribía Hörderlin– la madurez intempestiva.’’ Parece haberse impuesto, tan irreflexivamente como tantas cosas, un culto a la juventud, la intempestiva, que adula la vanidad de los que están llegando y pretenden condenar al olvido a todos los que frisan algunos años y no pocas canas.

No es el odio del sabio caviloso lo que me lleva a hacer la afirmación anterior, sino la incredulidad de que cosas tan absurdas puedan postularse como verdades sin enmienda y mejor juicio final.

La edad, como el talante, con perdón, es una forma de vida, más concretamente una determinada manera de ser y estar en el tiempo presente. Por tanto, la juventud es eso, una etapa, ni mejor ni peor que otras de la vida humana, aunque envidiable sin duda por la fortaleza y la potencia físicas, así como por el espurio culto a una belleza todavía no poseída por la fuerza enriquecedora de sus espejismos.

Tras ella, la de dentro es la de fuera como bien nos recordara Antonio Machado, vienen otras cosas, otras fondas, otras paradas, otras instalaciones, otros talantes, con perdón de nuevo. ¿Mejores?: distintos más bien, pero no peores. Es importante hoy ser joven. Tiene la mayor valoración social, y la menor carga crítica por cierto.

La juventud es idolatrada por la política, por la cultura, por la imagen y por los medios publicitarios y de comunicación.

La madurez, la senectud, por el contrario, comienza socialmente a los cuarenta años. El disparate es mayúsculo y fuera de todo sentido común. ¿Quién comprendería en todo su valor, que es tanto, el De Senectute de Cicerón, compendio clásico de culto a la razón y la virtud morales, propias de la edad madura, penúltima? Casi nadie, me temo. Todo siempre que se oculte tras la máscara del vacuo dinamismo de la casi adolescencia.

La juventud, convertida así en el mito del juvenismo, se piensa como derroche y ausencia de argumento. Tras el disparate se argumenta contra lo que bellamente llamó Marías “las ultimidades”; es decir, las vivencias propias de aquella edad tras la cual no habrá otra.

Y esto tiene poco que ver con la edad cronológica, aunque tampoco podemos desentendernos de ella para comprender el profundo significado del paso humano por el tiempo, de su alejarse sereno en imperceptible, resbaladizo, a lo largo y ancho de nuestra vida.

Nada tengo contra la juventud, al contrario, envidio su fuerza, su energía, su esperanza, su ansia de anhelo, su permanente estar sin hacer y construir, su huida.

Pero, a la vez, la madurez reflexiva, la serenidad orgullosa de serlo, el bien hacer que los años van posibilitando hace de la persona lo mejor y lo más alto, permitiéndonos alcanzar un talante, con perdón, un modo de vivir racionalmente nuestro y un destino que puede sernos definitivamente ajustado y por ello objeto del mejor de los recuerdos.

No todo vale igual por el hecho de no sobrepasar los treinta años. Quizá las mejores experiencias humanas precisan tiempo, y por ello edad, transcurso, reflexión y sensatez.

Ya sé que no están los tiempos para reivindicar, como así hago, los fines de los viejos ideales clásicos. Hay que hacerlo no obstante con la mente abierta y el ojo cierto ante un presente cuya actualidad no siempre hay por qué compartir con la simple evidencia de la rusticidad. No se trata de no contar con los jóvenes, sino de no hacer de ello un principio de exclusión supuestamente práctico.

El mejor dinamismo no es el de la edad. Todo lo valioso requiere tiempo. Nada es posible conseguirlo sin sosiego y años.

La experiencia no se improvisa y el culto apasionado y simple de su ausencia no puede postergar el valor manifiesto de su ejemplo vivo en la madurez plena. Contribuir a reducir la vida humana a una sola y exclusiva de sus instalaciones, la juventud, empobrece a todos; esquilma las mejores posibilidades que sólo la riqueza de la edad conforma, y humilla la inteligencia y la sensibilidad de los más.

Otra cosa es que con ello salga ganando algún diseño cuya ligereza es preciso no valorar en exceso ni perpetuar demasiado tiempo. Todo lo valioso requiere años.




 
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