Hay pensadores que han bautizado nuestro tiempo, como ‘‘la era de las comunicaciones’’. No es posible comprender el desarrollo y dinámica de las democracias, de la economía y de la política, sin reflexionar sobre la intensa influencia que desarrollan los medios de comunicación, que con sus informaciones denuncian abusos y violencias, y nos acercan a lo que acontece en el mundo.
Benedicto XVI, en su Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, explica con claridad las verdades esenciales que hacen posible la paz. Los ciudadanos del Tercer Milenio tenemos una imperiosa necesidad de reconocerlas. Con frecuencia, el continuo alud de ideas y de informaciones nos aturden para conocer lo que verdaderamente importa. Otras veces, el cúmulo de malas noticias y la proliferación de violencias y horrores atenazan nuestra inteligencia para comprender el valor de la paz. Las indicaciones de Benedicto XVI permiten descubrir el camino de la paz.
En primer lugar, el Papa señala que ‘‘la paz es un anhelo imborrable en el corazón de cada persona, por encima de las identidades culturales específicas’’. Una identidad cultural que considere al propio grupo por encima de los demás es una identidad falsa. Cada identidad cultural es valorada y reconocida en la medida que muestra capacidad de enriquecer al conjunto de la humanidad. Todos necesitamos de todos, y nadie debe borrar los anhelos de paz exagerando la identidad cultural de cada pueblo.
Unida a esta verdad se encuentra la siguiente: ‘‘Todos los hombres pertenecen a una misma y única familia’’. En lugar de exaltar las propias diferencias, ‘‘hay que recuperar la conciencia de estar unidos por un mismo destino, trascendente en última instancia, para poder valorar mejor las propias diferencias históricas y culturales’’. El mejor legado ético de las culturas ha atisbado ese concepto de familia humana. La visión de fe que comprende a todo ser humano como hijo de Dios, igual en dignidad y derechos, lo afirma con seguridad y certeza.
Se comprende mejor así el papel de la familia como modelo de sociedad humana. Cada familia está constituida por personas diferentes: el padre y la madre, los hijos, los abuelos. Cada uno de ellos ocupa un lugar que no se puede cambiar.
Cada uno, en la familia, tiene igual dignidad en medio de múltiples diferencias. Todos se reconocen unidos por el don de la vida y del amor que los precede, los sostiene y los empuja hacia el futuro. En la familia, se aprende la coordinación, en lugar de la contraposición; las diferencias no son amenazas, sino oportunidades para expresar el amor.
Esa misma lógica es la lógica de la paz entre los pueblos y las culturas. Buscar la coordinación en lugar de la contraposición. Ésta es la tercera verdad que se deduce de las anteriores. ‘‘Entonces la paz se presenta de un modo nuevo: no como simple ausencia de guerra, sino como convivencia de todos los ciudadanos en una sociedad gobernada por la justicia, en la cual se realiza en lo posible, además, el bien para cada uno de ellos.’’ La paz es sinónimo de saber convivir, y para aportar a la convivencia de todos es necesario haber aprendido a amar la vida.
La verdad de la paz ‘‘llama a todos a cultivar relaciones fecundas y sinceras, estimula a buscar y recorrer la vía del perdón y la reconciliación, a ser transparentes en las negociaciones y fieles a la palabra dada’’. No estamos hechos para la mentira y la violencia, sino para la verdad y la paz.
Con mi bendición y afecto.