Tanto el bautismo de Juan como el bautismo cristiano son un rito por el que públicamente se inicia un proceso de ruptura con el pasado y se acepta un nuevo programa de vida.
En la historia del pueblo de Dios el Jordán era el término de esa salida iniciada en el Mar Rojo y que suponía el último paso antes de iniciar la subida a la tierra prometida. La tradición ha querido fijar el último recorrido del Jordán, uno de los lugares más bajos de la tierra, para colocar allí mismo al Bautista predicando la conversión para así preparar la llegada del Mesías. Algo así como tocar fondo para iniciar la remontada.
Otro detalle significativo es que el agua del Jordán se utilizaba en un lugar donde estaba a punto de convertirse en agua muerta ya que la cercanía del Mar Muerto aseguraba una condición poco apta para la vida. Ni siquiera los peces tienen ya vida en ella. Nos referimos a ese lugar que en sus días se vio rodeado de más de un centenar de monasterios e iglesias dedicadas al Bautista. El emplazamiento lo fijaba una línea imaginaria que unía la cumbre del Monte Nebo con la colina de Sión atravesando el río Jordán.
El origen de estas aguas está en las cumbres del Hermón tradicionalmente cubierto de nieves perennes y que después de empapar bien la tierra brotan en la roca de Banias e inician un curso descendente de más de mil metros de diferencia en menos de 50 kilómetros de distancia.
Después de atravesar el antiguo lago Hulé )hoy llanura plagada de piscifactorías) discurre menos azaroso hasta el mar de Tiberiades, presentando en su desembocadura un aspecto deplorable. Atraviesa el mar de Galilea dejando sus posos y suciedad y recobra la nitidez de sus aguas al iniciar de nuevo su curso una vez abandona el mar.
El río Jordán es pues un claro ejemplo de aguas regeneradas y regeneradoras; arrastra todas la impurezas que encuentra en su camino descendente, pero también acumula las sales y otros elementos vitalizantes al fundir la nieve caída del cielo con la misma tierra que la recibe con agradecimiento. Es instructivo ver como fragmentos de las orillas del río se desprenden y se unen al curso del agua acompañándola y disolviéndose en ella.
Este proceso del agua limpia y sucia, que se regenera cuando reposa en el amplio lago dejándose acariciar por el azul del cielo que se refleja en ella, nos hace comprender la fuerza de ese elemento enviado del cielo pare regenerar nuestra vida e instalarnos en el camino del cielo. No es sólo el agua, ella es sólo un signo, sino el Espíritu, que ellas significa, quien da vida. Una vida nueva que comparte existencia con esas caídas frecuentes que con consecuencia de nuestra accidentada biografía.
Jesús quiso también ser bautizado para transformar ese rito de iniciación en algo más que un signo; al incluir al Espíritu Santo en el bautismo del Jordán convirtió definitivamente el bautismo en el comienzo de la vida sacramental.