He dejado pasar varios días para ver si la situación se normalizaba, pero ya veo que no, que se impone la irracionalidad. Ahora resulta que un poco de tabaco y alquitrán envuelto en papel es todo un símbolo de la libertad. Pues sí que está mal la libertad en este país. Lo cierto es que no aprecio tanta preocupación ante ataques directos a la línea de flotación del sistema democrático, como esos consejos que aspiran a cerrar los medios de comunicación que consideren que no informan debidamente. Es evidente que el Gobierno ha cometido excesos con la ley antitabaco, que hay que pulir y mejorar, y que, sobre todo, no se puede poner en peligro la estabilidad de negocios como los restaurantes o los kioscos. Pero lo que me parece indudable es que la filosofía que inspira el texto legal es la correcta. No se trata de que el Estado intente salvar a los fumadores, ya que cada cual es muy libre de perjudicar su salud como quiera, sino de proteger al no fumador, al que hasta ahora se ha tragado el humo de sus compañeros en el puesto de trabajo. Es un derecho a la salud que prevalece sobre el derecho a fumar. Así de simple.