La lectura del último balance del estado de salud de Sharón remitió sobre todo a dos visiones: una técnica, la emitida por los médicos que le tratan y que sería de aplicación a cualquier paciente en su situación; la otra fue la del telepredicador norteamericano Pat Robertons, quien juzgó que la masiva hemorragia cerebral del primer ministro israelí era un castigo divino por la pretendida intención del interesado en dividir la tierra de Israel.
Robertons, cuyo mérito principal es hacer de Bush un moderado, no vaciló en seguir su itinerario como lector literal de la Biblia y su tradición, según la cual el Israel bíblico coincide o debe coincidir con el estado de Israel versión siglo XX, de modo que desde la evacuación de Gaza, Sharón sólo recibe lo que merece. Las organizaciones sionistas norteamericanas, al corriente de que “a todo hay quien gane”, se han separado rápidamente de la concisa versión.
Más prosaicos e inteligentes, los seguidores de Sharón, además de cumplir con los requerimientos al uso –visitas y buenos deseos– han cumplido sus obligaciones. La principal de las cuales ha sido buscar un sustituto al primer ministro, supuestamente insustituible, y lo habrían encontrado en la persona del viceprimer ministro, Ehud Olmert.
La supuesta decisión, pendiente de ratificación orgánica, parece juiciosa porque el segundo de Sharón, con una carrera larga en el servicio público, pero sin la autoridad de este, no presenta aristas, es conforme a las expectativas de la base y tiene la ventaja de ahorrar, en principio, querellas internas. Olmert no es Sharón pero ¿quién sería Sharón?