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Sábado, 7 de enero de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
EL INVENTO DEL MALIGNO
Abuelos
Lo ha visto poca gente, pero, por la promoción de TVE, nadie ignora que Concha Velasco ha presentado un nuevo programa. Se llama Mi abuelo es el mejor y consiste en hacer un concurso entre tres abuelos, con sus respectivos descendientes, para ver quién se lleva un premio. El programa abunda en los habituales recursos de la televisión familiar, esto es, charla entrañable y mucho sentimiento, aunque lo del premio añade un toque de darwinismo social al espectáculo: toda una vida de sacrificio y esfuerzo para terminar compitiendo en abuelez, como aquellos gauchos rivales que, en el cuento de Borges, incluso degollados todavía pensaban en pelearse.

Con todo, lo más notable de Mi abuelo es el mejor aún no es el programa (ya veremos en un par de semanas), sino el despliegue promocional de la Velasco. Concha se ha organizado (o quizá no sea cosa suya, no sé) un discurso público realmente singular que puede resumirse en una sola frase: “Necesito dinero”. Es asombroso. La necesidad de dinero se halla extendida entre el género humano hasta el punto de que puede considerarse rasgo común de la especie. Sin embargo, en la televisión española, se diría que sólo Concha Velasco necesita dinero o, desde otro punto de vista, que la de Concha es la necesidad por antonomasia, tal vez la madre de todas las necesidades. No se puede discutir que Concha necesite dinero. También usted y yo lo necesitamos. Lo que sí me parece discutible es que tan penosa circunstancia sea siempre exhibida, ora como eximente, ora como agravante, cada vez que Concha Velasco aparece en pantalla.

A la necesidad de dinero, el ser (o estar) público de Concha añade otra singularidad universal, valga la paradoja: su ruptura familiar. Uno lee la prensa y diría que sólo Concha Velasco ha pasado por el trance amargo de padecer un marido tarambana. Estas cosas quizás ayuden a presentar a Concha como alguien muy cercano, pero ninguna de ellas justifica que salga en la televisión. Concha Velasco es una buena actriz. Incluso, cuando se pone, una actriz excelente, como acaba de demostrar en ‘Motivos personales’. Como presentadora es otra cosa: en esa tarea sigue siendo actriz, de manera que el espectador se engancha o no según le agrade el papel. En cualquier caso, lo que hay que valorar cuando la vemos en pantalla no es el dinero que necesita ni su pena-penita-pena, sino el trabajo que hace.



 

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