Es un nombre mítico para el recuerdo cultural, aventurero, íntimo y juvenil el que ha elegido el periodista Fernando Herrero para hacer poesía de nuevo y titular este su segundo poemario.
Lo he recogido, dedicado, en su mesa. Y claro que lo he leído.
Yo, en el primero, le veía más hondamente hundido en sí mismo, en eso que algunos modernos han dado en llamar “la mismidad”, y en este sale a un viaje onírico de búsqueda incompleta.
Yo siempre estoy de viaje y lo hago desde la pantalla del ordenador.
Viaje interminable
Se asegura Fernando su vuelta a Ítaca en un viaje interminable, y desde la antigüedad griega se pasea por encima de su yo hasta el encuentro con su propia contemporaneidad, calificándola de imperfecta en un “menos mal”, mientras pone en el pensamiento del lector la pregunta de si Ava Gardner realmente sería perfecta.
Los mitos inalcanzables se vuelven perfectos en la memoria del tiempo. ¿No? Este guiño lo hace más buscador de un más allá de sí mismo y eso es bueno para el poeta y para el lector, digo.
Es un giro, de nuevo, hacia su yo y parece preguntarse sobre algo que siempre nos queda por hacer y en ese sentido manifiesta la duda sobre si aquello que no hemos hecho permanece, no espera, o, simplemente, se pierde junto a otros vacíos.
Es como si la nada se resistiese a anidar en el corazón-alma de Fernando y por eso, entiendo yo, que se goza en cada amanecer y se renueva en cada despertar.
Descubrir la dualidad
Todos somos narcisos y creo que Herrero se contempla en un juego de por mitad. Ha descubierto su dualidad y se mira y se remira y parece como si alguna de sus mitades no completase a la otra.
Lo veo inmerso en un tercer libro.
Como una especie de Kim de la India –sé que es uno de sus héroes–retoma el viaje fantástico a lomos de celuloide y refleja lo intercultural globalizador.
Va de Samarkanda a Las Vegas, entre Tamerlán y Coppola, y se enamora, como todos, de las estrellas angelicales con cara de querubín y cuerpos de Satán.
Cerebro-esponja
A lo mejor todos llevamos un poeta dentro de un cerebro-esponja que lo ve todo, que asimila algo y que sintetiza aún algo menos de lo que ha visto, y al final un libro, este, que me lleva de aquí para allá en un viaje.
Dice Fernando: “Exijo mi parte...”. ¿A qué parte se referirá? Puedo adivinar un derecho de solidaridad adquirida por el hecho de nacer libre.
El poeta grita al aire y el sonido debe ser recogido por quien lee y comprende.
Existe hacia el final el grito desconsolado de quien tuvo un beso y un abrazo y lo requiere de nuevo.
Exigimos, ahora nosotros, el beso, el abrazo y también nuestra parte. El viaje lo cuenta en el verso final, en el abrazo.
Hay un riesgo en el poeta-periodista. Uno de los dos te parte el corazón.
Fernando. ¡Cuídate!
CARLOS PAJUELO DE ARCOS