«Hace tiempo que no como caliente»

Varios jubilados, en un banco de Valencia./J. J. Monzó
Varios jubilados, en un banco de Valencia. / J. J. Monzó

130.000 pensionistas valencianos subsisten con 450 euros o menos al mes. «Algunos se ven obligados, incluso, a vender su casa»

Daniel Guindo
DANIEL GUINDOValencia

«Hay gente que lo está pasando bastante mal, pero le da vergüenza acudir a sitios a recoger alimentos porque tienen que decir su nombre. Es una pobreza que se esconde, una realidad que se oculta». José García Polo es el portavoz en la Comunitat de la Coordinadora Estatal por la Defensa del Sistema Público de Pensiones y pone el acento en aquellos jubilados valencianos que tienen serias dificultades en llegar a final de mes; una problemática que, en la Comunitat, afecta a miles de personas y que se hizo visible en las protestas en las que se exigieron pensiones más dignas.

Por ejemplo, según los datos extraídos de los portales estadísticos de la Seguridad Social y del Imserso, en la región se contabilizan cerca de 130.000 pensionistas que reciben, por persona, 450 euros o menos al mes, una cifra con la que la mayor parte de ellos tienen que hacer frente al día a día. «Algunos tienen una pequeña ayuda de la familia, pero muchos otros no y, cuando les surge algún gasto imprevisto hacemos colectas para ayudarles», añade García Polo. En concreto, la Comunitat cuenta con algo más de 880.000 pensionistas que perciben prestaciones contributivas. De ellos, cerca del 10% apenas cuentan con una paga de 450 euros o menos al mes. Además, a este grupo hay que añadir otras 30.000 pensiones no contributivas por jubilación (de media, 354 euros al mes) y cerca de 19.000 más, también no contributivas, pero por invalidez (menos de 400 euros de pensión media), de ahí que el montante total se acerque a los 130.000 pensionistas en este baremo de cuantías.

Once autonomías, Ceuta y Melilla perciben mayores prestaciones que la Comunitat

En la comparativa con la media del Estado y con otras autonomías, la valenciana tampoco sale demasiado bien parada. Según los datos a 1 de febrero, los últimos disponibles, y en relación a las prestaciones contributivas, la Comunitat cuenta con una pensión media de 858,79 euros al mes, 73,5 euros menos que la media nacional, y muy lejos, por ejemplo, de los 1.157,71 euros del País Vasco, los 1.100,32 de Madrid o los 1.098,80 de Asturias. Así, once de las autonomías españolas, además de las ciudades de Ceuta y Melilla, presentan unos importes medios de pensiones superiores a la Comunitat. Sólo los andaluces, canarios, extremeños, gallegos y murcianos perciben menos que los valencianos después de la jubilación.

Por otra parte, como apunta también el coordinador de la plataforma, no sólo es un problema que afecta a las rentas más bajas. En otras ocasiones, los pensionistas tienen que hacerse cargo de hijos y hasta nietos, por lo que aunque sus pensiones sean algo más elevadas, también tienen series dificultades para hacer frente a todos los gastos mensuales, como destaca también José Pelegrí, Defensor del Mayor en Valencia. «No sólo es alimentarlos, sino también, incluso, ayudarles económicamente en la medida de sus posibilidades», agrega Pelegrí.

Por su parte, García Polo añade que «algunos se ven obligados, incluso, a vender su casa, por lo que, cuando pasan los años, hacer frente a un alquiler es un gasto añadido que también dificulta su día a día».

Ante esta situación, desde la coordinadora plantean no sólo una subida general de las pensiones más bajas, especialmente en regiones como la valenciana, sino también «incrementar las pensiones mínimas a una cantidad que permita sobrevivir de acuerdo con el lugar de residencia». Al respecto, el portavoz en la Comunitat recuerda que el coste de la vida no es igual en todos los ámbitos -especialmente significativa es la diferencia entre espacios rurales y las grandes ciudades- de ahí que consideren como un aspecto a estudiar la posibilidad de adecuar los importes en función de los gastos que, por ejemplo, en vivienda o en los suministros básicos.

Además, entidades como Cáritas, Casa Caridad, Cruz Roja o el Banco de Alimentos tienen entre sus usuarios a pensionistas con prestaciones bajas que necesitan su ayuda.

Vicente, a las puertas de la Ciudad de la Justicia.
Vicente, a las puertas de la Ciudad de la Justicia. / Jesús Signes
Vicente. Cobra 360 euros al mes

«Hace tiempo que no como caliente»

Vicente no pierde la fe pese a su delicada situación personal. Este valenciano, natural de Moncada, recibe una prestación por jubilación de 360 euros al mes, aunque confía que sus insistentes visitas a la Ciudad de la Justicia cambien esa realidad. «Tengo una pensión tan baja porque el abogado no me hizo las cosas bien», resume, para agregar que, si pudiera, volvería a trabajar o, incluso, se desplazaría a Bruselas a reclamar sus derechos. «He pensado hasta en hacer una huelga de hambre», apunta. Después de sus años de trabajo como electricista e instalador de antenas (16, según señala), se jubiló a los 67 años (ahora tiene 71) y terminó en una habitación de un piso pagando unos 100 euros al mes de alquiler. Sin embargo, los propietarios decidieron que querían vender el inmueble, por lo que tuvo que abandonarlo y, durante los últimos días, ha dormido en una habitación del hotel de un amigo, «que me hace un precio especial y a veces no me cobra porque le instalé la antena». Reconoce que su alimentación no es adecuada. «Como bollería y algún bocadillo. Caliente hace tiempo que no tomo nada. Y para cenar, galletas». «He pasado algún día sin comer», reconoce. En el ámbito familiar, no mantiene relación con ninguna de sus tres hijas ni con su exmujer.

José Vicente y Leidy. 770 euros entre los dos

«Tenemos dos biznietas a nuestro cargo, lo pasamos mal»

José Vicente, a sus 83 años, está actuando de padre de nuevo. Él y su mujer, Leidy, de 62, llevan dos años criando a dos biznietas, de 4 y 8 años. Los padres de las pequeñas, según describen, «están detenidos en Colombia». «Problemas familiares de gente joven», resumen sin querer dar más detalles de lo sucedido. José Vicente fue albañil, trabajó en el campo y hasta haciendo cubiertas de coches y se jubiló a los 65 años. Con una pensión de 670 euros mensuales, junto con unos cien euros de complemento por tener a un cónyuge a su cargo, subsisten junto a las dos niñas. A los reducidos ingresos que presentan se suma el pequeño alquiler que abonan por el inmueble en el que residen en un barrio de la ciudad de Valencia, propiedad en parte de un sobrino, de ahí que, como describen, tengan que acudir periódicamente al Banco de Alimentos a por comida. Dedican el día a día a las pequeñas y a estar en casa. «Por las mañanas, mientras les preparo el desayuno, mi mujer las lava y las viste para ir al colegio. Después volvemos a casa y aquí estamos, recogemos, limpiamos...». Y poco más, ya que como reconoce «lo pasamos mal, nos las vemos canutas» para llegar a final de mes. Sus biznietas, sin embargo, les aportan la fuerza que necesitan para seguir adelante.

Adela. 368 euros de pensión no contributiva

«En esta situación pierdes la dignidad y la autoestima»

La vida de Adela cambió por completo tras el estallido de la burbuja inmobiliaria. Contaba, junto con su marido, con una empresa constructora que quebró y descubrió después de divorciarse que su esposo, según detalla, no había cotizado por ella durante los últimos años. Después de jubilarse, a los 58 años, perdió su casa «y me vi en la calle», relata. Encontró una vivienda de alquiler en el barrio del Cabanyal de Valencia por 200 euros, «pero después de pagar agua, luz y gas, no te queda para comer», por lo que ha recurrido a Cáritas para recibir ayuda. «En esta situación uno ya pierde bastante la dignidad y la autoestima», apunta. Adela no tiene hijos «no quise tenerlos con una persona como mi exmarido, era adicto a las máquinas, bebía mucho y se gastó todo el dinero... Vivía sometida a un continuo maltrato psicológico». Esta mujer apunta que, precisamente por no tener hijos, tiene más dificultades para optar a una vivienda social, por lo que ahora está buscando una habitación con derecho a cocina y baño en algún piso con un alquiler más asequible y en mejores condiciones. «En la casa donde estoy ahora hace mucho frío en invierno y calor en verano». Durante los primeros años (ahora tiene 66), consiguió subsistir vendiendo joyas y algunas pertenencias.

Raquel y Pepe. Reciben 900 euros entre los dos

«Desde que se quemó la casa no hemos levantado cabeza»

«Pensábamos que, a la vejez, la vida sería mejor, pero no ha sido así». Raquel, a sus 80 años, dedica la mayor parte del día a cuidar de su marido Pepe, de 82, debido a su delicado estado de salud tras sufrir un derrame cerebral. La enfermedad de su esposo es, precisamente, lo que les hace más complicado llegar a fin de mes. «Tengo que comprarle unos batidos especiales en la farmacia, también una grúa para poder levantarle de la cama y hasta hemos pedido en el hospital Arnau si nos pueden dar una de las camas reclinables cuando las cambien por otras nuevas», resume. «Si no fuera por la ayuda de mis hijas, que vienen a levantar a su padre y a lavarlo, y la comida que reciben del Banco de Alimentos, las dificultades serían todavía mayores. «Estoy muy agradecida», añade Raquel, para recordar que les resulta imposible asumir el gasto de algún especialista en el cuidado de enfermos. Incluso, añade, parte de la comida que reciben, en ocasiones, también la reparten entre alguno de sus hijos, ya que su situación económica tampoco es especialmente buena. Esta vecina de la Pobla de Vallbona también recuerda la ayuda que recibieron de la localidad después de que se incendiara su casa aunque, reconoce, «desde aquel momento no hemos levantado cabeza».

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