Me ha costado unos días digerir el show superstar organizado hace poco por alguna de esas lumbreras que trabajan desde las sombras comiendo el coco de la gente y manipulando al personal. ¿Qué se celebraba, la cifra récord de los parados o la incomparable idiotez de la sostenibilidad? Lo ignoro, pero las imágenes de la romería socialista todavía me mantienen atribulado e incluso en un estado de cierto miedo. Sí, me siento atrapado por el pavor porque cuando nuestra clase política pierde la decencia de esa forma uno ya no sabe dónde esconderse. Esta vez ha sido el Psoe, pero el PP, cuando monta sus fiestorrines tan de membrillos y primaveras, tampoco le va a la zaga y Dios nos libre si ambos partidos inician una carrera por conseguir el espectáculo más imbécil, fatuo, refulgente, papanatas, pirotécnico y, cómo no, vacío de contenidos. Basta ya, colegas. Nuestra paciencia tiene un límite. De momento, también conviene reconocerlo, aventaja la familia socialista en estos despropósitos porque lo de la alfombra roja en plan gala de los "oscars" (ah, siempre el referente yanqui entre la tribu enemiga del Imperio, qué curioso) resultó grotesco, con esos ministros prestándose al paripé sin atisbo de bochorno ni rastro de vergüenza. Son dirigentes, no vedettes o faranduleros, y yo prefiero que su bandera venga con el esfuerzo, el trabajo en el despacho y, sobre todo, la dignidad para representar al pueblo. Perdieron la dignidad de una manera lamentable. Los políticos podrán equivocarse o no, pero se me antoja intolerable que despilfarren la dignidad del cargo. Coño, es que Fernández de la Vega gastaba aire de Mick Jagger.





