Álvaro considera que su obra ya está completa. El resto de Faura, un pilotari de leyenda al que la gente le niega ser una leyenda, piensa que ha alcanzado la cumbre de la pilota. Ayer firmó su última demostración. Se ha hastiado de cincelar durante meses la estatua del campeón. El décimo título en el Campeonato Individual, la competición cumbre de este deporte, ha saciado su voraz apetito.
Su éxito, su grandeza, es la tragedia de Genovés II. El subcampeón, eterno aspirante, el Poulidor de la pilota, ha recibido como un puñal cada triunfo de Álvaro. Ha estado presente en cinco de ellos. Él, para su desgracia, ha sido el comparsa de la mitad de los éxitos de su rival. Ambos han convertido el rosario de sus enfrentamientos en un duelo para la historia. Pero todos, absolutamente todos, tuvieron el mismo desenlace: la euforia de Álvaro, el desencanto de Genovés II.
El hijo del mito, el pilotari que enardecía a las masas, ha preparado cada campeonato con más ahínco que el anterior. Cada año, más esfuerzo. Cada Individual, más trabajo. Pero nunca ha obtenido recompensa. Álvaro le ha vetado el ingreso al Olimpo, le ha robado toda la gloria.
Genovés II llegó ayer a Sagunto, al trinquete que resiste a la sombra del castillo, decidido a cambiar la historia. A las diez de la mañana bajó de su BMW, concentrado, ocultando su mirada bajo las gafas de sol. Cuatro horas más tarde se marchaba hundido, derrotado, frustrado. Álvaro le pegó una estocada mortal. Le venció, una vez más. Le remontó, otra vez. Le dejó pasear por su territorio, pero, de nuevo, acabó expulsándole.
Álvaro ya no es ese chico rudo, un pelín bestia, que pegaba trompazos por los trinquetes. Álvaro, ahora, es un hombre más refinado, más experto, más completo. El zurdo, coronado hasta en diez ocasiones como el rey de la pilota, domina como nadie las artes del mano a mano, que nada tienen que ver, pese a su engañosa semejanza, con los enfrentamientos por equipos. El cuerpo a cuerpo, el cara a cara, no admite disfraces. La osadía es tan importante como la potencia. La dureza mental, tan valiosa como la puntería. La estrategia, tan vital como el talento. Aquí no hay lugar para las dudas. El mano a mano, en esencia, es una modalidad para valientes, para aquellos que no temen dar dos pasos al frente y exponerse a los pelotazos del rival. Y Álvaro es el más audaz.
Lo era en 1995, el año que se presentó en sociedad, la temporada en la que dio cuerpo a la partida del siglo. Aquel verano era él, todo inocencia, todo ilusión, quien se veía campeón en la final del Individual y quien, cruelmente, se quedó con las manos vacías. La magia de Genovés, el padre, hexacampeón de un torneo que nació demasiado tarde para él, tuvo la culpa.
Pero Álvaro ha mantenido su determinación durante 14 años y a esa virtud ha ido sumándole otras nuevas. Su derecha de trapo, casi inservible, es ahora una raqueta. Su ímpetu es ahora templanza. Y su intuición es ahora experiencia. Álvaro sabe colocarse como ningún otro. Y si existiera alguien con ese conocimiento, carece de las piernas para hacerlo, para aparecer siempre, presto, debajo de la pelota.
Remontada
Genovés II llegó a la final en su plenitud. A los 28 años de edad, once como profesional, ha alcanzado un estatus envidiable. Ayer mordió sobre las losas de Sagunto. El resto logró que el público rugiera de emoción. La gente, durante la primera mitad de la partida, pensó que era el día del relevo.
El subcampeón salió con la fuerza de un toro, embistió a su rival e hizo soñar a sus numerosos seguidores con el triunfo siempre soñado. Se anotó los tres primeros juegos. A partir de ese 15-30 fue capaz de mantener su ventaja. Erguido, envalentonado, moviendo los brazos mientras escuchaba los bramidos de sus feligreses, tuteó a su contrincante hasta el 25-40.
El cambio hegemónico parecía posible. Aunque Álvaro lleva década y media en la élite y ya todo el mundo, o casi todo, conoce cómo maniobra, cómo pasa de 0 a 100 en un suspiro. A Álvaro, y Genovés II, que desperdició un 20-55 en 2004, lo sabe mejor que nadie, hay que pisotearlo cuando está en el suelo. No hay otra. Pero no lo hizo. Con 15-30 y 'val' a su favor, tuvo una pelota parada en el 6. La regaló. Fallo mortal.
El zurdo, abigarrado pilotari, comenzó a sonreír cuando vio a su oponente anclado en el 40. En cuanto se puso a su lado, hombro con hombro, 40 iguales, esbozó una sonrisa maligna. Era su momento. A partir de entonces, Álvaro, instinto asesino, iba a divertirse con su rival. Empezó el castigo psicológico que tan bien domina: las miradas desafiantes, los gestos arrogantes. Un mensaje subliminal con el que consigue recordarle a Genovés II quién manda en el trinquete. Este volvió a ceder al embrujo. Quedó petrificado, inerte. Y Álvaro, desbocado, culminó su final soñado. Hermoso final.







