Su voz trémula, la lágrimas de sus ojos, el recuerdo de una de las mayores historias de fidelidad que se recuerdan en la Liga ACB emocionaron ayer a la afición del Valencia Basket Club. Víctor Luengo, eterno capitán del Pamesa, para siempre Pamesa, recibió ayer un cariñoso homenaje y se coronó como leyenda de este equipo para el jamás de jamases. Su camiseta cuelga ya del cielo de la Fonteta como premio a los servicios prestados. Nadie más vestirá ya con el número 15. Su simbólica camiseta reposa ya al lado de la número 11 de Nacho Rodilla, el primer privilegiado, su viejo compañero, el otro elegido.
Luengo es hombre de lágrima fácil. Poco después de avisar de que igual no podría acabar su discurso tuvo que frenar. El pulgar y el índice sobre los ojos. Intento de evitar lo inevitable. Es lógico: el final de una etapa de la vida, en el centro del que fue su hogar durante 15 años, una afición rendida ante él, ante el capitán, su capitán, y la familia, lo que más quiere, sus padres, su mujer y sus hijos, a su lado. Como para no emocionarse.
El club, el mismo que maltrató a Rodilla en su homenaje, demostró que no hace falta un gran despliegue para contentar al protagonista. Es mucho más valioso, como ayer, algo sencillo pero cocinado y servido con cariño. El Valencia BC, esta vez sí, supo mimar a su 'hijo'. Luengo fue agradecido con todo el mundo. Con sus seguidores, con los que le han apoyado y, como él quiso recalcar, con Juan Roig -quien, por cierto, llegó a su butaca por los pelos-. «Gracias a él existe el baloncesto en esta ciudad». Palabra del capi, que se enfundó la camiseta que le regaló Solá por última vez.
Después fue el momento de colgar su camiseta del techo de la Fonteta. Mientras se elevaba su prenda con su número fetiche, las viejas imágenes de Víctor Luengo regresaron a la cancha a través de la pantallas del pabellón. Al mismo tiempo, El Canto del Loco entonaba una canción ('Por ti') que habla del amor hacia una persona por su carisma. Clavado.
La afición, esa que idolatró a Luengo durante tantos años, durante 465 partidos, la masa social que antepuso la entrega del jugador a su talento, recuperó los cánticos del pasado, los que gritaba en los grandes días del valenciano: «¡Víctor, Víctor Luengo, Luengo!». La hinchada coronó el homenaje con una sonora ovación.
Ahora es el momento de saber enterrar la añoranza y dar un paso al frente en la vida. Luengo ha optado por un Master sobre gestión en el deporte, la vía por la que pretende seguir avanzando en este nuevo capítulo. El baloncesto ya es historia en casa de los Luengo. Ya nunca volverán esos días de baloncesto en la Fonteta. Pero, al menos, siempre quedará su camiseta ondeando en el techo. Aunque el mejor recuerdo es el que ha quedado para siempre en la mente de cada aficionado. Y seguro que permanecerá imborrable en la memoria los dos grandes trofeos que logró alzar. Primero, en 1998, la Copa del Rey y, después, en 2003, la Copa ULEB.