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¿Por qué la familia es tan importante?
Muchos se preguntan: ¿por qué la familia es tan importante? ¿Por qué la Iglesia insiste tanto en el tema del matrimonio y la familia? El motivo es simple, aunque no todos logran comprenderlo: de la familia depende el destino de la persona, su felicidad y su capacidad de dar sentido a su existencia.
Juan Pablo II estuvo más de 25 años hablando de la familia, noche y día; proclamando a los cuatro vientos la necesidad de preservar la familia. Frente a no pocas incomprensiones, la Iglesia no se cansa de recordar que el matrimonio y la familia son dos instituciones imprescindibles para la persona y para la sociedad.
La importancia de la familia debe estar por encima de culturas e ideologías, de modas pasajeras, pues entronca en la realidad más profunda de la naturaleza humana. Es una realidad que los Estados no deben ignorar. Se trata de una cuestión que puede ser aprehendida con la razón y el entendimiento, siendo indiferente que se trate de personas creyentes o no creyentes.
Este es el gran reto que tenemos, hacer ver a nuestra sociedad la importancia que tiene la familia. La Iglesia está embarcada en una misión que parece imposible, en la que tiene que combatir contra una cultura dominante, que aspira a conformar una opinión pública uniforme, en donde no tienen cabida unos valores que, de forma despectiva, se califican de «valores tradicionales».
La Iglesia defiende a la persona, hombre y mujer, creados a imagen y semejanza de Dios. La familia es el ambiente necesario donde las personas aprenden a ser ciudadanos responsables de nuestra sociedad y donde han de pasar los últimos años de su vida sintiéndose miembros activos y útiles de nuestra sociedad.
A través de la familia toda la existencia humana está orientada al futuro. En ella la persona viene al mundo, crece y madura. La familia es también el ambiente primero y fundamental donde cada persona descubre y realiza su vocación humana. La familia es una comunidad insustituible por ninguna otra.
Ha habido muchos intentos de sustituir a la familia, asumiendo el Estado o la comunidad, aquellas funciones que desde siempre ha tenido la familia. Todos estos proyectos han acabado volviendo a reconocer a la familia como el ambiente primario de crecimiento de la persona, donde madura de forma natural para integrarse en la sociedad.
Las Administraciones públicas se empeñan en costosas campañas publicitarias para conformar los hábitos y actitudes de las personas, procurando que prevalezcan principios como la paz, la libertad, la tolerancia o la igualdad. La familia es la mejor escuela para aprender de forma natural estos principios.
Lo que se aprende de los padres cuando uno es niño, lo que se vive durante tantos años compartiendo penas y alegrías con padres y hermanos, es algo que nunca se olvida. La familia es la gran escuela donde las personas aprenden a ser miembros adultos de una sociedad auténticamente democrática.
En la familia se aprende a aceptar a los demás y a trabajar en común, a pesar de que seamos tan diferentes; en la familia se aprende a trabajar por los demás y a poner sus intereses por encima de los nuestros; en la familia se aprende a valorar y considerar a todos aquellos que la sociedad deja de lado, todos los que no son capaces de 'dar la talla'; la familia es el único sitio en el que, de verdad, podemos sentirnos amados sin que se nos pida nada a cambio.
Estamos más necesitados que nunca en que se hagan presentes aquellos valores que pueden hacer una sociedad más justa. Saber escuchar a los demás y compartir sus problemas, hacer de nuestra vida un servicio a favor del bien común, desterrar el odio y los prejuicios, respetar a los que no piensan como nosotros, estar siempre dispuestos a dar a los demás una segunda oportunidad. La familia es la única escuela en donde se puede aprender todo esto de forma natural y gratuita.
Hay que concienciar a los gobernantes de la importancia que tiene la familia para el bienestar de la sociedad y para la prosperidad de sus ciudadanos. En este sentido, no es indiferente la posición que adopten los poderes públicos.
Se puede admitir que los problemas presupuestarios, especialmente en tiempos de crisis, no permitan la adopción de determinadas medidas de apoyo a la familia. Lo que es inaceptable es que los Gobiernos se desentiendan de la familia, por suponer una cuestión políticamente incorrecta, o que colaboren activamente en la destrucción de la familia, que constituye un auténtico patrimonio de la humanidad.
La familia es la solución para muchos de los problemas que afectan a nuestra sociedad, pues muchos de ellos tienen su caldo de cultivo más idóneo en las familias rotas y en los hogares desestructurados.
La ausencia de la familia es especialmente dolorosa para los miembros más débiles de nuestra sociedad: niños, jóvenes, ancianos, enfermos, discapacitados. Sólo desde la familia todos ellos pueden sentirse partícipes de nuestra sociedad y no sólo una carga difícil de sobrellevar.
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