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23.09.09 -

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Estamos ante una muestra más de la violencia de género. Los hechos criminales de Benicalap -abuso sexual y homicidio de una joven de 17 años- son violencia de género, aún cuando no puedan ser juzgados de acuerdo con ese calificativo porque no existía relación de afectividad -al menos en esos momentos y en tiempos recientes- entre el presunto agresor y la joven agredida-.
Sobre cualquier otra consideración del acto criminal debe prevalecer que estamos ante violencia de género, violencia propia del machista, que, de acuerdo con su pensamiento, considera que la mujer es «posesión suya», y como tal debe comportarse. Con otras palabras, si al machista le 'peta' -apetece en cierto argot- tener relaciones sexuales, la mujer no puede negarse: ¿acaso no está bajo el dominio y el poder del hombre? El «no» de la mujer -expresión de libertad- no es aceptado por el machista. Para éste la mujer no tiene otra 'libertad' que la que él, poderosos 'señor', le concede.
Entender de oro modo el hecho criminal de Benicalap es, además de una visión superficial, 'un escape' para comprender la realidad en la que estamos inmersos: una ideología patriarcal que invade las relaciones personales entre hombre-mujer. Cierto es que no todos los hombres tiene esa ideología, pero son escasos para la sociedad democrática en la que vivimos y que exige dignidad y libertad por igual. Y, quizás preocupados por las victimas mortales de la violencia machista y por las miles de órdenes de protección para las mujeres amenazadas, somos poco conscientes del machismo y de que también echa sus raíces en la juventud: los jóvenes han sido educados en los patrones y coordenadas del machismo. Y si es sangrante los efectos de la violencia machista en la población adulta, lo es más, al menos para mí, en la juventud: las nuevas generaciones no han cambiado apenas nada.
Hay que educar en la igualdad, en el respeto a la libertad de todos. Y hay que hacerlo en los centros educativos, en todas las edades. Tengo experiencia de charlas en los institutos y cuando a los jóvenes se les habla claro, entienden.
Rosas y velas para Celeste. Pero no nos quedemos ahí. Pongamos en marcha lo previsto en la Ley Integral para la educación.
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